26 de junio de 2009

Gerardo Deniz


AMOR Y OXIDENTE

(fragmento)

Caía la tarde sobre aquel París de antaño;
cruzaban, lentos, la pasarela y encima del poniente
lució la estrella del pastor. Jorge Spero giró con elegancia
estrechando el talle de la sólida demi-vierge. Señaló con el índice y aspiró a fondo:
-Venus, planeta segundo,
gravita a dieciocho millones de leguas del sol.
(La joven Yclea, dulcemente, aprobaba; sonriendo
entornaba pestañas pajizas.) Un tren expreso
lanzado a velocidad de sesenta y tres millas por hora
tardaría siete años y medio en alcanzar aquel astro. Venus, insisto
-Jorge se enardecía-,‘
con una densidad de cuatro punto cincuenta y uno,
desplaza cada dieciséis minutos un volumen de once trillones
de toesas cúbicas; a Marte
-rozaba Yclea con ocho dedos la barandilla del puentedicho
expreso tardaría diecinueve años. -¿A Júpiter? -bisbiseó la hermosa
desfalleciente mientras el sabio, volviéndola sin ceremonia, le buscaba en el pecho.
-Cincuenta y dos años siete meses. ¿Saturno?
-¡Ciento cuatro años! -y amasaba salvajemente la teta diestra.
Yclea, mordiéndose los labios: -¿Neptuno?
-¡Quinientos veintinueve y veintiséis semanas!
(Spero se abalanzó. La joven bramó como un reno
pero logró poner los codos en el pretil y apretar ambos puños.) -¿A la Polar, entonces?
-¡Tres mil setecientos lustros! -y él, aferrado a las caderas,
embestía frenético por detrás, ropa contra la ropa, falda y miriñaques. -¿Aldebarán?
-¡Trescientos nueve siglos.? -¿Antares? -¡Ciento cuarenta
y ocho mil años! (Ella oscilaba con el amado
subido a su opulenta espalda
y pataleando al aire.) .-¿...Sirio? -los dientes rechinan.
-¡Seiscientos treinta y cuatro mil bisiestos! -Jorge se restregaba con violencia,
resoplaba en aquella nuca rubia.
Unos deshollinadores hicieron alto para mirar a los novios.
-¿Betelgeuse? -¿Cuál dices? -Betelgeuse. Alfa
Orionis, pues. -¡Dos millones dos
cientos mil
trimestres! -un académico los contemplaba distante a pocos pasos,
cruzando hacia el Instituto, espadín y bicornio;
Jorge, con un largo gemido, comenzó a resbalar
hasta que las puntas de sus botines tocaron de nuevo el suelo.
-¿Las Pléyades? -suspiró la bella con alivio, mirando aún hacia el río, por si acaso.
-Millón y pico... -ya él
se corregía el gorro, peinaba con languidez los pliegues de su capa
y ofrecía galantemente el brazo a la blonda noruega.
Creció la noche y en ella se perdieron, despacio, discretos.

Vuelta 128 / Julio de 1987


FECAL

a Doña Margarita Michelena


Tanta cosa como estudian, y nadie se interroga
por la mierda de los seres mitológicos.
¿Era ancha plasta la del Minotauro?
¿boñigo ovoide la de la Quimera?
¿Eran mixtas, acuosas, blancuzcas, como de ave
las deyecciones de la Hidra? ¿especialmente pestalocis
las de la Esfinge? ¿Fue estreñida Escila?
¿Qué aclarar, al respecto, de Tifón?
-si Nonno nos lo pinta melómano, entre otras cosas,
informa muy poco acerca de sus aguas mayores.

Fuentes, las eternas; los vasos, las inscripciones, la colección Teubner
y hay otras. Que perforar tarjetas. Paralelamente
convendría establecer el corpus de los coprolitos
encontrados en la cuenca mediterránea,
Asia Menor, el Euxino y aun Panticapea, por si acaso.
Ir, cada mañana, del manoseo respetuoso
al banco de datos, y viceversa.
Llevar un cedazo de Boas en la canana
y, mientras no se vea claro, buscarle funciones inéditas
con entremeses, postres y otros materiales no procesados.

Diréos, congéneres, lo que a mi juicio ocurrió
(y si los resultados de las investigaciones computadorizadas discrepan,
peor para las investigaciones computadorizadas):
los excrementos de cada uno de aquellos
entes abonaron parcelas del escribir clásico,
géneros nuevos brotaron en suelos feraces
diferencialmente, y así tuvimos tragedia y comedia,
épica y lírica, historia, elocuencia,
más la filosofía, cosecha inexhaurible.
Olfateando las clámides a distintos estilistas
-como esos conocedores que huelen los corchos del coñacpodría
conjeturarse, apostar.
-Ego, inquit, poeta sum...

Vuelta 189 / Agosto de 1992


CAMPESTRE

Como ya no la riñen por bellaca,
puedechapalear en el riachuelo.
Luego pliega una pierna al sol. No me ha visto,
despierto, a ras del musgo, revolviendo los ojos
con el fácil motu de la forma esférica.

Contemplo pie, huesito, rodilla (aún brusca) arriba;
vellos castaño claro por la tibia
(detrás el cielo azul),
arista escarpada, es un fresco otro mundo de sencilla flora
con globos de agua que atrapan al ínfimo intruso si los toca
-tensión superficial se llama este fenómenoo
ponen arcoíris -refracción- en su frente cuando trepa
asiéndose de tallos flexibles y encerados
(pesa tan poco que ella nada siente),
de gota en gota. Son muchas.
Tantas,
que me incorporaré sobre el codo, y con süave estilo-


Rómulo Augústulo

And after some more talk we agreed that the
wisdom of rats had been grossly overrated,
being in fact no greater than that of men.


Borré tan bien mis huellas
que nunca sabrán nada. Ya corre el siglo sexto,
mirando a la Propóntide un necio casó con una puta;
cosas que pasan. Ahora que me acaben de zurcir la tarde
y regrese despacio entre sombras de la Campania
(roída, sí, como piel de Plotino, por lava subterránea, salpicada
de enconos a los que ya no atiendo),
si alguien se pone otra vez a ponderar enormidades de soberanos
y g e n e r a l e s
con un brillo de envidia en los ojos de chivo,
le diré, con mi infancia presente y sin nombrarla,
que hará falta toda la estupidez de todos
para abrir otra era, enorme y delicada,
y que los poderosos no van hacer distintos
de quienes los erigen, los cuelgan, los restauran.
Esta piedra no estaba anoche en el camino.
¿La Kovalevskaya? Era una lógica.


Bruja


Lleno de respeto hacia las probabilidades,
considero a María Gaetena Agnesi como fea;
no obstante,
procederé como si fuera hermosa.

Fanciulla pedante trilingüe
-a cada palabra te arranco otro trapo-,
sabihonda sabrosa, presiento
por ciertas instituciones analíticas
que en materia de senos puedes todo.

Abajo tu hermana toca y canta a gritos
-Oh¡ Sophonisba, Sophonisba, Oh!-
mientras nos perseguimos voraces
caterwauling
por los tejados sublimes de Bolonia.

Pero has puesto el coseno bajo el seno,
por la tangente escapas. ¡Qué transvección, versiera!
Ya en la escoba eres un punto que dibuja
una onda frente a la luna.


TCL

nec plus quam minimum

La seca lluvia vertical continuaba,
ningún nacido de mujer había entrado nunca en la oficina,
decirle de prisa frases ambiguas, vejarlo y multarlo,
sellos amoratados, reglamentos, tubos de luz sanvito,
letras grandes en las ventanas decían algo al revés.
Afuera gris arriba, gris abajo.
Entonces el del escritorio de reclamaciones,
el que fue ascendido al otro día,
sacó un dedo por ver si amainaban las gotas ganchudas:
tal fue el clinamen.
La lluvia
con un estruendo de dominó ateo
se derrumbó en sí misma. Al rato
notaron que ya había un sol redondo,
nació suelo verdiazul bajo las nubes nuevas,
pasaban saurios, hordas, bergantines.
Fue la primera vez
que apagaron, cerraron y salieron.
La cajera, la gorda, se despidió gritando:
- ¡Mañana habrá causantes!


Gerardo Deniz nació en la ciudad de México, en 1970, con la publicación de Adrede (o tal vez dos años antes, al publicar "Tres poemas" en Diálogos, la revista de Ramón Xirau). Libro abundante en sorpresas verbales y no pocas dificultades, "que al principio nos confunden pero que avanzada la lectura aceptamos de pronto", según escribió Ulalume González de León, lectora excepcional de ese primer texto. A diferencia de la mayoría de los críticos que se han ocupado de su obra, considerándolo excéntrico y "de vanguardia", esta autora mostró que la poesía de Deniz se inscribe en la tradición poética de Occidente: la multirreferencialidad tiene la edad de la poesía, los poemas multilingües son de raíz medieval, la incorporación del lenguaje científico es parte de la vieja tendencia a ensanchar el vocabulario poético, etc. (Vuelta, agosto 1978). En su siguiente libro —Gatuperio, 1978— radicalizó sus recursos: una soberbia libertad de sintaxis, un continuo cambio de registros en su habla, una adjetivación insólita. Su humor apareció entonces en plenitud: irónico, sarcástico, negro en ocasiones, cruel cuando la situación lo amerita, un humor ácido, paródico, sumamente escatológico, siempre al servicio de la inteligencia. Sus blancos predilectos los enumeró, a propósito de su tercer libro (Europa, 1986), Aurelio Asiain: "La presunción vana de los poetas, la estupidez erudita, los delirios del pensamiento doctrinario, la mala fe de las buenas conciencias, el desamor, la hiel negra de las ciudades, las vejaciones de la burocracia, la naturaleza 'Sucia del ser humano'". En Picos pardos (1987) ensayó una suerte de poema novelesco, con un escenario reconocible y un tramo lógico y delirante a un tiempo. "Todo el arte puesto —escribió Eduardo Lizalde— al servicio de la literatura más admirablemente resistente; lo poético más magistral y voluntariamente mal manufacturado." A Picos pardos le seguirán Mansalva (1987), Grosso modo (1988), Amor y oxidente (1991), Mundonuevos (1991), Op. cit. (1992), Ton y son (1996) y Letritus (1996). A decir del novelista argentino César Aira, autor de un notable Diccionario de autores latinoamericanos, "lo más atractivo de su obra son los poemas largos, o series de poemas, en los que actúan y dialogan algún personaje histórico o literario y un interlocutor menos ubicable (el Capitán Novo y un tal señor Aronnox en Gatuperio, Comille Flomarion y un señor Spero en Amor y oxidente) en lo que terminan siendo verdaderas novelitas filosóficas pobladas de aventuras, que pueden releerse indefinidamente (porque nunca se las termina de entender), siempre con placer". Más tarde publicó un formidable libro de extraños relatos, Alebrijes (1992), el volumen de heterodoxos ensayos Anticuerpos (1998), el autobiográfico Paños menores (1999), una antología poética bilingüe: Poemas (2000), una original colección de poemas acompañados de sus respectivas exégesis: Visitas guiadas (2000) y Fosa escéptica (2002).

por Fernando García Ramírez (Tomado de Letras Libres, septiembre de 2004).

24 de junio de 2009

Salvador Novo


VIAJE

Los nopales nos sacan la lengua
pero los maizales por estaturas
con su copetito mal rapado
y su cuaderno debajo del brazo
nos saludan con sus mangas rotas.

Los magueyes hacen gimnasia sueca
de quinientos en fondo
y el sol -policía secreto-
(tira la piedra y esconde la mano)
denuncia nuestra fuga ridícula
en la linterna mágica del prado.
A la noche nos vengaremos
encendiendo nuestros faroles
y echando por tierra los bosques.

Alguno que otro árbol
quiere dar clase de filología.
Las nubes inspectoras de monumentos
sacuden las maquetas de los montes.

¿Quién quiere jugar tenis con nopales y tunas
sobre la red de los telégrafos?

Tomaremos más tarde un baño ruso,
en el jacal perdido de la sierra
nos bastará un duchazo de arco iris
nos secaremos con algún stratus.

De "Veinte poemas" 1925


SONETO

Este fácil soneto cotidiano
que mis insomnios nutre y desvanece,
sin objeto ni dádiva se ofrece
al nocturno sopor del sueño vano.

¡Inanimado lápiz que en mi mano
mis odios graba o mis ensueños mece!
En tus concisas líneas aparece
la vida fácil, el camino llano.

Extinguiré la luz. Y amanecida,
el diamante de ayer será al leerte
una hoguera en cenizas consumida.

Y he de concluir, soneto, y contenerte
como destila el jugo de la vida
la perfección serena de la muerte.


EL AMIGO IDO

Me escribe Napoleón:
"El Colegio es muy grande,
nos levantamos muy temprano,
hablamos únicamente en inglés,
te mando un retrato del edificio..."

Ya no robaremos juntos dulces
de las alacenas, ni escaparemos
hacia el río para ahogarnos a medias
y pescar sandías sangrientas.

Ya voy a presentar sexto año;
después, según las probabilidades,
aprenderé todo lo que se deba,
seré médico,
tendré ambiciones, barba, pantalón largo...

Pero si tengo un hijo
haré que nadie nunca le enseñe nada.
Quiero que sea tan perezoso y feliz
como a mí no me dejaron mis padres
ni a mis padres mis abuelos
ni a mis abuelos Dios.


LA HISTORIA

¡Mueran los gachupines!
Mi padre es gachupín,
el profesor me mira con odio
y nos cuenta la Guerra de Independencia
y cómo los españoles eran malos y crueles
con los indios —él es indio—,
y todos los muchachos gritan que mueran los gachupines.
Pero yo me rebelo
y pienso que son muy estúpidos:
Eso dice la historia
pero ¿cómo lo vamos a saber nosotros?


RETRATO DE NIÑO

En este retrato
hay un niño mirándome con ojos grandes;
este niño soy yo
y hay una fecha: 1906.
Es la primera vez que me miré atentamente.
Por supuesto que yo hubiera querido
que ese niño hubiera sido más serio,
con esa mano más serena,
con esa sonrisa más fotográfica.
Esta retrospección no remedia, empero,
lo que el fotógrafo, el cumpleaños,
mi mamá, yo y hasta tal vez la fisiología
dimos por resultado en 1906.


UN MAROF

¿Qué puta entre sus podres chorrearía
por entre incordios, chancros y bubones
a este hijo de tan múltiples cabrones
que no supo qué nombre se pondría?

Prófugo de la cárcel, andaría
mendigando favores y tostones;
no pudieron crecerle en los cojones,
en la cara la barba le crecía.

Bandido universal, como la puta
que el ser le dio, ridícula pipilla
suple en su labio verga diminuta.

Treponema ultrapálido, ladilla
boliviana, el favor de que disfruta
es lamerle los huevos a Padilla.

*

Antes que el documento se nos pierda
en las indoctas sombras del mañana,
has de saber, Ermilo, que sor Juana,
cual todas las demás, cagaba mierda.

Esta opinión, como verás, concuerda
con la que dio Miss Schons cuando en la Habana,
halló que se pelaba la banana
y que a cada reloj le daban cuerda.

Otro dato importante de la vida
de esa monja que estudias con empeño,
es que tenía su entrada y su salida.

Y que a fin de engendrar Primero sueño,
a falta de una verga a su medida,
entre las piernas deslizóse un leño.


Salvador Novo (1904-1974)*. Fundador, junto con Xavier Villaurrutia, de las revistas Ulises (1927) y Contemporáneos (1928), fue activo participante en la renovación de nuestra literatura. Si Novo puede ser el prosista más diestro de los "Contemporáneos", su poesía cuenta entre las mejores de ese grupo. (Como autor de versos satíricos nadie se le compara.) Espíritu afín al de Tablada en algunos aspectos, Novo "nacionaliza" el humor de vanguardia: sus poemas manifiestan la burla del sentimiento modernista y la apertura hacia el paisaje de la primera posguerra: urbano, industrial, publicitario. En las letras inglesas descubre su auténtica voz. Las breves, casi epigramáticas, composiciones de Espejo rescatan, fijan con distancia crítica, imágenes de la infancia perdida. En Nuevo amor el encuentro, la separación, la memoria de sal o de ceniza se
expresan directa y libremente, con una tonalidad de íntima pesadumbre que no menguó nunca su novedad ni su frescura. Novo ganó el Premio Nacional de Literatura en 1967.
Su poesía está en XX poemas (1925), Nuevo amor (1933), Espejo (1933), Seamen Rhymes (1934), Décimas en el mar (1934), Romance de Angelillo y Adela (1934), Poemas proletarios (1934), Never ever (1934), Un poema (1937), Poesías escogidas (1938), Dueño mío. Cuatro sonetos inéditos (1944), Decimos: "Nuestra tierra" (1944), Florido laude (1945), Dieciocho sonetos (1955), Poesía 1915-1955 (incluye Poemas de infancia, 1955), Sátira (1955) y Poesía (l961).

* Tomado de Poesía en movimiento. México, 1915-1966 (editado por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis), Siglo XXI, México.

Octavio Paz



PIEDRA DE SOL


La treizième revient...c'est encor la première;
et c'est toujours la seule-ou c'est le seul moment;
car es-tu reine, ô toi, la première ou dernière?
es-tu roi, toi le seul ou le dernier amant?


Gérard de Nerval (Arthémis)


un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,

un caminar entre las espesuras
de los días futuros y el aciago
fulgor de la desdicha como un ave
petrificando el bosque con su canto
y las felicidades inminentes
entre las ramas que se desvanecen,
horas de luz que pican ya los pájaros,
presagios que se escapan de la mano,

una presencia como un canto súbito,
como el viento cantando en el incendio,
una mirada que sostiene en vilo
al mundo con sus mares y sus montes,
cuerpo de luz filtrado por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías,
roca solar, cuerpo color de nube,
color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo,
el mundo ya es visible por tu cuerpo,
es transparente por tu transparencia,

voy entre galerías de sonidos,
fluyo entre las presencias resonantes,
voy por las transparencias como un ciego,
un reflejo me borra, nazco en otro,
oh bosque de pilares encantados,
bajo los arcos de la luz penetro
los corredores de un otoño diáfano,

voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,

tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos lo veranos,
las joyas de la sed arden al fondo,
rostro desvanecido al recordarlo,
mano que se deshace si la toco,
cabelleras de arañas en tumulto
sobre sonrisas de hace muchos años,

a la salida de mi frente busco,
busco sin encontrar, busco un instante,
un rostro de relámpago y tormenta
corriendo entre los árboles nocturnos,
rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
agua tenaz que fluye a mi costado,

busco sin encontrar, escribo a solas,
no hay nadie, cae el día, cae el año,
caigo en el instante, caigo al fondo,
invisible camino sobre espejos
que repiten mi imagen destrozada,
piso días, instantes caminados,
piso los pensamientos de mi sombra,
piso mi sombra en busca de un instante,

busco una fecha viva como un pájaro,
busco el sol de las cinco de la tarde
templado por los muros de tezontle:
la hora maduraba sus racimos
y al abrirse salían las muchachas
de su entraña rosada y se esparcían
por los patios de piedra del colegio,
alta como el otoño caminaba
envuelta por la luz bajo la arcada
y el espacio al ceñirla la vestía
de un piel más dorada y transparente,

tigre color de luz, pardo venado
por los alrededores de la noche,
entrevista muchacha reclinada
en los balcones verdes de la lluvia,
adolescente rostro innumerable,
he olvidado tu nombre, Melusina,
Laura, Isabel, Perséfona, María,
tienes todos los rostros y ninguno,
eres todas las horas y ninguna,
te pareces al árbol y a la nube,
eres todos los pájaros y un astro,
te pareces al filo de la espada
y a la copa de sangre del verdugo,
yedra que avanza, envuelve y desarraiga
al alma y la divide de sí misma,

escritura de fuego sobre el jade,
grieta en la roca, reina de serpientes,
columna de vapor, fuente en la peña,
circo lunar, peñasco de las águilas,
grano de anís, espina diminuta
y mortal que da penas inmortales,
pastora de los valles submarinos
y guardiana del valle de los muertos,
liana que cuelga del cantil del vértigo,
enredadera, planta venenosa,
flor de resurrección, uva de vida,
señora de la flauta y del relámpago,
terraza del jazmín, sal en la herida,
ramo de rosas para el fusilado,
nieve en agosto, luna del patíbulo,
escritura del mar sobre el basalto,
escritura del viento en el desierto,
testamento del sol, granada, espiga,

rostro de llamas, rostro devorado,
adolescente rostro perseguido
años fantasmas, días circulares
que dan al mismo patio, al mismo muro,
arde el instante y son un solo rostro
los sucesivos rostros de la llama,
todos los nombres son un solo nombre
todos los rostros son un solo rostro,
todos los siglos son un solo instante
y por todos los siglos de los siglos
cierra el paso al futuro un par de ojos,

no hay nada frente a mí, sólo un instante
rescatado esta noche, contra un sueño
de ayuntadas imágenes soñado,
duramente esculpido contra el sueño,
arrancado a la nada de esta noche,
a pulso levantado letra a letra,
mientras afuera el tiempo se desboca
y golpea las puertas de mi alma
el mundo con su horario carnicero,

sólo un instante mientras las ciudades,
los nombres, lo sabores, lo vivido,
se desmoronan en mi frente ciega,
mientras la pesadumbre de la noche
mi pensamiento humilla y mi esqueleto,
y mi sangre camina más despacio
y mis dientes se aflojan y mis ojos
se nublan y los días y los años
sus horrores vacíos acumulan,

mientras el tiempo cierra su abanico
y no hay nada detrás de sus imágenes
el instante se abisma y sobrenada
rodeado de muerte, amenazado
por la noche y su lúgubre bostezo,
amenazado por la algarabía
de la muerte vivaz y enmascarada
el instante se abisma y se penetra,
como un puño se cierra, como un fruto
que madura hacia dentro de sí mismo
y a sí mismo se bebe y se derrama
el instante translúcido se cierra
y madura hacia dentro, echa raíces,
crece dentro de mí, me ocupa todo,
me expulsa su follaje delirante,
mis pensamientos sólo son su pájaros,
su mercurio circula por mis venas,
árbol mental, frutos sabor de tiempo,

oh vida por vivir y ya vivida,
tiempo que vuelve en una marejada
y se retira sin volver el rostro,
lo que pasó no fue pero está siendo
y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece:

frente a la tarde de salitre y piedra
armada de navajas invisibles
una roja escritura indescifrable
escribes en mi piel y esas heridas
como un traje de llamas me recubren,
ardo sin consumirme, busco el agua
y en tus ojos no hay agua, son de piedra,
y tus pechos, tu vientre, tus caderas
son de piedra, tu boca sabe a polvo,
tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
tu cuerpo sabe a pozo sin salida,
pasadizo de espejos que repiten
los ojos del sediento, pasadizo
que vuelve siempre al punto de partida,
y tú me llevas ciego de la mano
por esas galerías obstinadas
hacia el centro del círculo y te yergues
como un fulgor que se congela en hacha,
como luz que desuella, fascinante
como el cadalso para el condenado,
flexible como el látigo y esbelta
como un arma gemela de la luna,
y tus palabras afiladas cavan
mi pecho y me despueblan y vacían,
uno a uno me arrancas los recuerdos,
he olvidado mi nombre, mis amigos
gruñen entre los cerdos o se pudren
comidos por el sol en un barranco,

no hay nada en mí sino una larga herida,
una oquedad que ya nadie recorre,
presente sin ventanas, pensamiento
que vuelve, se repite, se refleja
y se pierde en su misma transparencia,
conciencia traspasada por un ojo
que se mira mirarse hasta anegarse
de claridad:
yo vi tu atroz escama,
Melusina, brillar verdosa al alba,
dormías enroscada entre las sábanas
y al despertar gritaste como un pájaro
y caíste sin fin, quebrada y blanca,
nada quedó de ti sino tu grito,
y al cabo de los siglos me descubro
con tos y mala vista, barajando
viejas fotos:
no hay nadie, no eres nadie,
un montón de ceniza y una escoba,
un cuchillo mellado y un plumero,
un pellejo colgado de unos huesos,
un racimo ya seco, un hoyo negro
y en el fondo del hoyo los dos ojos
de una niña ahogada hace mil años,

miradas enterradas en un pozo,
miradas que nos ven desde el principio,
mirada niña de la madre vieja
que ve en el hijo grande un padre joven,
mirada madre de la niña sola
que ve en el padre grande un hijo niño,
miradas que nos miran desde el fondo
de la vida y son trampas de la muerte
¿o es al revés: caer en esos ojos
es volver a la vida verdadera?,

¡caer, volver, soñarme y que me sueñen
otros ojos futuros, otra vida,
otras nubes, morirme de otra muerte!
esta noche me basta, y este instante
que no acaba de abrirse y revelarme
dónde estuve, quién fui, cómo te llamas,
cómo me llamo yo:
¿hacía planes
para el verano? -y todos los veranos-
en Christopher Street, hace diez años,
con Filis que tenía dos hoyuelos
donde bebían luz los gorriones?,
¿por la Reforma Carmen me decía
«no pesa el aire, aquí siempre es octubre»,
o se lo dijo a otro que he perdido
o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?,
¿caminé por la noche de Oaxaca,
inmensa y verdinegra como un árbol,
hablando solo como el viento loco
y al llegar a mi cuarto ?siempre un cuarto?
no me reconocieron los espejos?,
¿desde el hotel Vernet vimos al alba
bailar con los castaños ? "ya es muy tarde"
decías al peinarte y yo veía
manchas en la pared, sin decir nada?,
¿subimos juntos a la torre, vimos
caer la tarde desde el arrecife?
¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos
gardenias en Perote?,
nombres, sitios,
calles y calles, rostros, plazas, calles,
estaciones, un parque, cuartos solos,
manchas en la pared, alguien se peina,
alguien canta a mi lado, alguien se viste,
cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,

Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes esculpidas
y el huracán de los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos,
los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
oh ser total...
cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique,
cuartos y calles, nombres como heridas,
el cuarto con ventanas a otros cuartos
con el mismo papel descolorido
donde un hombre en camisa lee el periódico
o plancha una mujer; el cuarto claro
que visitan las ramas de un durazno;
el otro cuarto: afuera siempre llueve
y hay un patio y tres niños oxidados;
cuartos que son navíos que se mecen
en un golfo de luz; o submarinos:
el silencio se esparce en olas verdes,
todo lo que tocamos fosforece;
mausoleos de lujo, ya roídos
los retratos, raídos los tapetes;
trampas, celdas, cavernas encantadas,
pajareras y cuartos numerados,
todos se transfiguran, todos vuelan,
cada moldura es nube, cada puerta
da al mar, al campo, al aire, cada mesa
es un festín; cerrados como conchas
el tiempo inútilmente los asedia,
no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
abre la mano, coge esta riqueza,
corta los frutos, come de la vida,
tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

todo se transfigura y es sagrado,
es el centro del mundo cada cuarto,
es la primera noche, el primer día,
el mundo nace cuando dos se besan,
gota de luz de entrañas transparentes
el cuarto como un fruto se entreabre
o estalla como un astro taciturno
y las leyes comidas de ratones,
las rejas de los bancos y las cárceles,
las rejas de papel, las alambradas,
los timbres y las púas y los pinchos,
el sermón monocorde de las armas,
el escorpión meloso y con bonete,
el tigre con chistera, presidente
del Club Vegetariano y la Cruz Roja,
el burro pedagogo, el cocodrilo
metido a redentor, padre de pueblos,
el Jefe, el tiburón, el arquitecto
del porvenir, el cerdo uniformado,
el hijo predilecto de la Iglesia
que se lava la negra dentadura
con el agua bendita y toma clases
de inglés y democracia, las paredes
invisibles, las máscaras podridas
que dividen al hombre de los hombres,
al hombre de sí mismo,
se derrumban
por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos;

amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres:
"déjame ser tu puta", son palabras
de Eloísa, mas él cedió a las leyes,
la tomó por esposa y como premio
lo castraron después;
mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos
enamorados de su semejanza,
mejor comer el pan envenenado,
el adulterio en lechos de ceniza,
los amores feroces, el delirio,
su yedra ponzoñosa, el sodomita
que lleva por clavel en la solapa
un gargajo, mejor ser lapidado
en las plazas que dar vuelta a la noria
que exprime la substancia de la vida,
cambia la eternidad en horas huecas,
los minutos en cárceles, el tiempo
en monedas de cobre y mierda abstracta;

mejor la castidad, flor invisible
que se mece en los tallos del silencio,
el difícil diamante de los santos
que filtra los deseos, sacia al tiempo,
nupcias de la quietud y el movimiento,
canta la soledad en su corola,
pétalo de cristal en cada hora,
el mundo se despoja de sus máscaras
y en su centro, vibrante transparencia,
lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,
se contempla en la nada, el ser sin rostro
emerge de sí mismo, sol de soles,
plenitud de presencias y de nombres;

sigo mi desvarío, cuartos, calles,
camino a tientas por los corredores
del tiempo y subo y bajo sus peldaños
y sus paredes palpo y no me muevo,
vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
camino por las calles de mí mismo
bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
caminas como un árbol, como un río
caminas y me hablas como un río,
creces como una espiga entre mis manos,
lates como una ardilla entre mis manos,
vuelas como mil pájaros, tu risa
me ha cubierto de espumas, tu cabeza
es un astro pequeño entre mis manos,
el mundo reverdece si sonríes
comiendo una naranja,
el mundo cambia
si dos, vertiginosos y enlazados,
caen sobre las yerba: el cielo baja,
los árboles ascienden, el espacio
sólo es luz y silencio, sólo espacio
abierto para el águila del ojo,
pasa la blanca tribu de las nubes,
rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
perdemos nuestros nombres y flotamos
a la deriva entre el azul y el verde,
tiempo total donde no pasa nada
sino su propio transcurrir dichoso,

no pasa nada, callas, parpadeas
(silencio: cruzó un ángel este instante
grande como la vida de cien soles),
¿no pasa nada, sólo un parpadeo?
y el festín, el destierro, el primer crimen,
la quijada del asno, el ruido opaco
y la mirada incrédula del muerto
al caer en el llano ceniciento,
Agamenón y su mugido inmenso
y el repetido grito de Casandra
más fuerte que los gritos de las olas,
Sócrates en cadenas" (el sol nace,
morir es despertar: "Critón, un gallo
a Esculapio, ya sano de la vida"),
el chacal que diserta entre las ruinas
de Nínive, la sombra que vio Bruto
antes de la batalla, Moctezuma
en el lecho de espinas de su insomnio,
el viaje en la carretera hacia la muerte
?el viaje interminable mas contado
por Robespierre minuto tras minuto,
la mandíbula rota entre las manos?,
Churruca en su barrica como un trono
escarlata, los pasos ya contados
de Lincoln al salir hacia el teatro,
el estertor de Trotsky y sus quejidos
de jabalí, Madero y su mirada
que nadie contestó: ¿por qué me matan?,
los carajos, los ayes, los silencios
del criminal, el santo, el pobre diablo,
cementerio de frases y de anécdotas
que los perros retóricos escarban,
el delirio, el relincho, el ruido obscuro
que hacemos al morir y ese jadeo
que la vida que nace y el sonido
de huesos machacados en la riña
y la boca de espuma del profeta
y su grito y el grito del verdugo
y el grito de la víctima...
son llamas
los ojos y son llamas lo que miran,
llama la oreja y el sonido llama,
brasa los labios y tizón la lengua,
el tacto y lo que toca, el pensamiento
y lo pensado, llama el que lo piensa,
todo se quema, el universo es llama,
arde la misma nada que no es nada
sino un pensar en llamas, al fin humo:
no hay verdugo ni víctima...
¿y el grito
en la tarde del viernes?, y el silencio
que se cubre de signos, el silencio
que dice sin decir, ¿no dice nada?,
¿no son nada los gritos de los hombres?,
¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

no pasa nada, sólo un parpadeo
del sol, un movimiento apenas, nada,
no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,
los muerto están fijos en su muerte
y no pueden morirse de otra muerte,
intocables, clavados en su gesto,
desde su soledad, desde su muerte
sin remedio nos miran sin mirarnos,
su muerte ya es la estatua de su vida,
un siempre estar ya nada para siempre,
cada minuto es nada para siempre,
un rey fantasma rige sus latidos
y tu gesto final, tu dura máscara
labra sobre tu rostro cambiante:
el monumento somos de una vida
ajena y no vivida, apenas nuestra,

-¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuando somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida ?pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos?,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

Eloísa, Perséfona, María,
muestra tu rostro al fin para que vea
mi cara verdadera, la del otro,
mi cara de nosotros siempre todos,
cara de árbol y de panadero,
de chofer y de nube y de marino,
cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
cara de solitario colectivo,
despiértame, ya nazco:
vida y muerte
pactan en ti, señora de la noche,
torre de claridad, reina del alba,
virgen lunar, madre del agua madre,
cuerpo del mundo, casa de la muerte,
caigo sin fin desde mi nacimiento,
caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
recógeme en tus ojos, junta el polvo
disperso y reconcilia mis cenizas,
ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado;
abre la mano,
señora de semillas que son días,
el día es inmortal, asciende, crece,
acaba de nacer y nunca acaba,
cada día es nacer, un nacimiento
es cada amanecer y yo amanezco,
amanecemos todos, amanece
el sol cara de sol, Juan amanece
con su cara de Juan cara de todos,

puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados,

puerta del ser: abre tu ser, despierta,
aprende a ser también, labra tu cara,
trabaja tus facciones, ten un rostro
para mirar mi rostro y que te mire,
para mirar la vida hasta la muerte,
rostro de mar, de pan, de roca y fuente,
manantial que disuelve nuestros rostros
en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
indecible presencia de presencias...

quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
se despeñó el instante en otro y otro,
dormí sueños de piedra que no sueña
y al cabo de los años como piedras
oí cantar mi sangre encarcelada,
con un rumor de luz el mar cantaba,
una a una cedían las murallas,
todas las puertas se desmoronaban
y el sol entraba a saco por mi frente,
despegaba mis párpados cerrados,
desprendía mi ser de su envoltura,
me arrancaba de mí, me separaba
de mi bruto dormir siglos de piedra
y su magia de espejos revivía
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:

México, 1957

Jorge Cuesta


CANTO A UN DIOS MINERAL

Capto la seña de una mano, y veo
que hay una libertad en mi deseo;
ni dura ni reposa;
las nubes de su objeto el tiempo altera
como el agua la espuma prisionera
de la masa ondulosa.

Suspensa en el azul la seña, esclava
de la más leve onda, que socava
el orbe de su vuelo,
se suelta y abandona a que se ligue
su ocio al de la mirada que persigue
las corrientes del cielo.

Una mirada en abandono y viva,
si no una certidumbre pensativa,
atesora una duda;
su amor dilata en la pasión desierta
sueña en la soledad y está despierta
en la conciencia muda.

Sus ojos, errabundos y sumisos,
el hueco son, en que los fatuos rizos
de nubes y de frondas
se apoderan de un mármol de un instante
y esculpen la figura vacilante
que complace a las ondas.

La vista en el espacio difundida,
es el espacio mismo, y da cabida
vasto y nimio al suceso
que en las nubes se irisa y se desdora
e intacto, como cuando se evapora,
está en las ondas preso.

Es la vida allí estar, tan fijamente,
como la helada altura transparente
lo finge a cuanto sube
hasta el purpúreo límite que toca,
como si fuera un sueño de la roca,
la espuma de la nube.

Como si fuera un sueño, pues sujeta,
no escapa de la física que aprieta
en la roca la entraña,
la penetra con sangres minerales
y la entrega en la piel de los cristales
a la luz, que la daña.

No hay solidez que a tal prisión no ceda
aun la sombra más íntima que veda
un receloso seno
¡en vano!; pues al fuego no es inmune
que hace entrar en las carnes que desune
las lenguas del veneno.

A las nubes también el color tiñe,
túnicas tintas en el mal les ciñe,
las roe, las horada,
y a la crítica muestra, si las mira,
por qué al museo su ilusión retira
la escultura humillada.

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa.
Cuando en un agua adormecida y mansa
un rostro se aventura,
igual retorna a sí del hondo viaje
y del lúcido abismo del paisaje
recobra su figura.

Íntegra la devuelve el limpio espejo,
ni otra, ni descompuesta en el reflejo
cuyas diáfanas redes
suspenden a la imagen submarina,
dentro del vidrio inmersa, que la ruina
detiene en sus paredes.

¡Qué eternidad parece que le fragua,
bajo esa tersa atmósfera de agua,
de un encanto el conjuro
en una isla a salvo de las horas,
áurea y serena al pie de las auroras
perennes del futuro!

Pero hiende también la imagen, leve,
del unido cristal en que se mueve
los átomos compactos:
se abren antes, se cierran detrás de ella
y absorben el origen y la huella
de sus nítidos actos.

Ay, que del agua el imantado centro
no fija al hielo que se cuaja adentro
las flores de su nado;
una onda se agita, y la estremece
en una onda más desaparece
su color congelado.

La transparencia a sí misma regresa
y expulsa a la ficción, aunque no cesa;
pues la memoria oprime
de la opaca materia que, a la orilla,
del agua en que la onda juega y brilla,
se entenebrece y gime.

La materia regresa a su costumbre.
Que del agua un relámpago deslumbre
o un sólido de humo
tenga en un cielo ilimitado y tenso
un instante a los ojos en suspenso,
no aplaza su consumo.

Obscuro perecer no la abandona
si sigue hacia una fulgurante zona
la imagen encantada.
Por dentro la ilusión no se rehace;
por dentro el ser sigue su ruina y yace
como si fuera nada.

Embriagarse en la magia y en el juego
de la áurea llama, y consumirse luego,
en la ficción conmueve
el alma de la arcilla sin contorno:
llora que pierde un venturero adorno
y que no se renueve.

Aun el llanto otras ondas arrebatan,
y atónitos los ojos se desatan
del plomo que acelera
el descenso sin voz a la agonía
y otra vez la mirada honda y vacía
flota errabunda fuera.

Con más encanto si más pronto muere,
el vivo engaño a la pasión se adhiere
y apresura a los ojos
náufragos en las ondas ellos mismos,
al borde a detener de los abismos
los flotantes despojos.

Signos extraños hurta la memoria,
para una muda y condenada historia,
y acaricia las huellas
como si oculta obcecación lograra,
a fuerza de tallar la sombra avara
recuperar estrellas.

La mirada a los aires se transporta,
pero es también vuelta hacia adentro, absorta,
el ser a quien rechaza
y en vano tras la onda tornadiza
confronta la visión que se desliza
con la visión que traza.

Y abatido se esconde, se concentra,
en sus recónditas cavernas entra
y ya libre en los muros
de la sombra interior de que es el dueño
suelta al nocturno paladar el sueño
sus sabores obscuros.

Cuevas innúmeras y endurecidas,
vastos depósitos de breves vidas,
guardan impenetrable
la materia sin luz y sin sonido
que aún no recoge el alma en su sentido
ni supone que hable.

¡Qué ruidos, qué rumores apagados
allí activan, sepultos y estrechados,
el hervor en el seno
convulso y sofocado por un mudo!
Y graba al rostro su rencor sañudo
y al lenguaje sereno.
Pero, ¡qué lejos de lo que es y vive
en el fondo aterrado y no recibe
las ondas todavía
que recogen, no más, la voz que aflora
de una agua móvil al rielar que dora
la vanidad del día!.

El sueño, en sombras desasido, amarra
la nerviosa raíz, como una garra
contráctil o bien floja;
se hinca en el murmullo que la envuelve,
o en el humor que sorbe y que disuelve
un fijo extremo aloja.

Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa,
y asciende un burbujear a la sorpresa
del sensible oleaje:
su espuma frágil las burbujas prende,
y las prueba, las une, las suspende
la creación del lenguaje.

El lenguaje es sabor que entrega al labio
la entraña abierta a un gusto extraño y sabio:
despierta en la garganta;
su espíritu aun espeso al aire brota
y en la líquida masa donde flota
siente el espacio y canta.

Multiplicada en los propicios ecos
que afuera afrontan otros vivos huecos
de semejantes bocas,
en su entraña ya vibra, densa y plena,
cuando allí late aún, y honda resuena
en las eternas rocas.

Oh, eternidad, oh, hueco azul, vibrante
en que la forma oculta y delirante
su vibración no apaga,
porque brilla en los muros permanentes
que labra y edifica transparentes,
la onda tortuosa y vaga.

Oh, eternidad, la muerte es la medida,
compás y azar de cada frágil vida,
la numera la Parca.
Y alzan tus muros las dispersas horas,
que distantes o próximas, sonoras
allí graban su marca.

Denso el silencio trague al negro, obscuro
rumor, como el sabor futuro
sólo la entraña guarde
y forme en sus recónditas moradas,
su sombra ceda formas alumbradas
a la palabra que arde.

No al oído que al antro se aproxima
que al banal espacio, por encima
del hondo laberinto
las voces intrincadas en sus vetas
originales vayan, más secretas
de otra boca al recinto.

A otra vida oye ser, y en un instante
la lejana se une al titubeante
latido de la entraña;
al instinto un amor llama a su objeto;
y afuera en vano un porvenir completo
la considera extraña.

El aire tenso y musical espera;
y eleva y fija la creciente esfera,
sonora, una mañana:
la forman ondas que juntó un sonido,
como en la flor y enjambre del oído
misteriosa campana.

Ése es el fruto que del tiempo es dueño;
en él la entraña su pavor, su sueño
y su labor termina.
El sabor que destila la tiniebla
es el propio sentido, que otros puebla
y el futuro domina.


Aunque sólo vivió 38 años, Jorge Cuesta dejó una obra valiosa y compleja que abarcó poesía y ensayo. Hijo de padre mexicano y madre francesa, nació en Córdoba, Veracruz.
En la ciudad de México estudió en la Escuela Nacional Preparatoria, donde conoció a Gilberto Owen y a los demás poetas del grupo Contemporáneos. Posteriormente, estudió en la Universidad de México la carrera de Ingeniería química, profesión que ejerció a lo largo de su vida, paralelamente a la literatura. No es de extrañar que su obra más destacada sea el poema de largo aliento Canto a un dios mineral, en el que puede apreciarse cierta conjunción entre la mística y la materia, tal como puede apreciarse en el siguiente fragmento.
Publicó sus primeros textos en la revista Ulises (1927-1928), que era dirigida por los poetas Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. En 1928 editó una polémica Antología de la poesía mexicana moderna, criticada por lo que muchos consideraron el incluir a escritores muy jóvenes y dejar fuera a los consagrados de aquella época. En ese mismo año se casó con Lupe Marín, quien había estado casada anteriormente con Diego Rivera. El matrimonio sólo duró cuatro años.
De sus poemas se ha dicho que son “disposiciones de palabras hechas con el cuidado de una fórmula química”; él mismo afirmó que: “la poesía es un método de análisis, un instrumento de investigación”, por ello sus textos se han relacionado con un estilo culto y dificultoso. Entre sus ensayos destaca “El diablo en la poesía”.
Jorge Cuesta se quitó la vida el 13 de agosto de 1942.

22 de junio de 2009

El jinete del aire



por Octavio Paz

A Manuel Calvillo

Un telegrama de México me anunció la muerte de Alfonso Reyes. La noticia me pareció irreal, como si anunciase la muerte de otra persona. Sabía que desde hacía años estaba enfermo y que sólo se aliviaba para volver a recaer; no sabía, o lo había olvidado, que la muerte, siempre esperada, es siempre inesperada. La última vez que lo vi, hace seis meses, la víspera de mi salida de México, me dijo: "Quizá no volvamos a conversar, ya me queda poco tiempo aquí". Y me señaló, con la mirada sus libros. No podría ahora repetir mi respuesta; sin duda fue una de esas frases con las que, no sin hipocresía, a un tiempo tratamos de calmar la ansiedad de los enfermos y nuestro propio, secreto terror ante la muerte. Recuerdo que sentí una absurda vergüenza, como si mi salud fuese algo indiscreto y poco merecido. Reyes se dio cuenta de mi confusión, cambió el tema y alegremente me guió por las espesuras de la poesía hermética.
Admirable prueba de salud moral: en una época sorda a fuerza de gritar, un hombre enfermo, encerrado en su biblioteca, casi sin esperanzas de ser oído, se inclina sobre un texto olvidado y pesa imágenes y pausas, ritmos y silencios, en una delicada balanza verbal. Ante un mundo que ha perdido casi completamente el sentimiento de la forma, al grado de que la frase hecha, después de conquistar periódicos, parlamentos y universidades, se convierte en el medio de expresión favorito de poetas y novelistas, el amor de Reyes al lenguaje, a sus problemas y sus misterios, es algo más que un ejemplo: es un milagro. Pocas veces vi a Reyes tan lúcido, tan claro y relampagueante, tan osado y tan reticente y, en una palabra: tan vivo, como aquella noche en que me hablara, entre una y otra toma de oxígeno, de las delicias y los peligros de Licofrón y Gracián. ¿Falta de humanidad, insensibilidad social, ausencia de sentido histórico? Yo diría: amor a la vida en un tiempo que venera no tanto a la muerte como a la ausencia de vida. El culto a la muerte es una superstición arcaica; nosotros, los modernos, adoramos la abstracción desangrada y el número informe: ni vida ni muerte. El amor, los amores de Reyes, eran distintos: amor a la forma, amor a la vida. La forma es la encarnación de la vida, el instante en que la vida pacta consigo misma.
No, no estamos hechos para la muerte, y Alfonso Reyes, "caballero andante de Mayo", el mes solar, como dice en uno de sus poemas, era el hombre menos dispuesto, filosóficamente, amorir. No porque se rebelase estérilmente contra la idea de la muerte sino porque morir no le parecía una idea, esto es, una razón, algo dueño de sentido. Nunca hizo de la muerte una filosofía, como tantos escritores de nuestra lengua. Más bien la veía como la negación, la definitiva refutación de la idea misma de filosofía. La aceptaba, no sin ironía, como una prueba más de la locura cósmica. En cierto modo, no le faltaba razón: la muerte es el fruto, la consecuencia natural de la vida y, así no es un accidente; sin embargo, es el gran accidente, el único accidente. Y esto, ser contingente y necesaria, la hace aún más enigmática. La muerte es la contradicción universal.
Reyes, el enamorado de la mesura y la proporción, hombre para el que todo, inclusive la acción y la pasión, debería revolverse en equilibrio, sabía que estamos rodeados de caos y silencio. Lo informe, ya como vacío ya como presencia bruta, nos acecha. Pero nunca intentó aherrojar al instinto, suprimir la mitad oscura del hombre. Ni en la esfera de la ética ni en la de la estética ­­menos aún en la política­­ predicó las virtudes equívocas de la represión. A la vigilia y al sueño, a la sangre y al pensamiento, a la amistad y a la soledad, a la ciudad y a la mujer, a cada parte y a cada uno, hay que darle lo suyo. La porción del instinto no es menos sagrada que la del espíritu. ¿Y cuáles son los límites entre uno y otro? Todo se comunica. El hombre es una vasta y delicada alquimia. La operación humana por excelencia es la transmutación, que hace la luz de la sombra, palabra del grito, diálogo de la riña elemental.
Su amor por la cultura helénica, reverso de su indiferencia frente al cristianismo, fue algo más que una inclinación intelectual. Veía en Grecia un modelo porque lo que le descubrían sus poetas y filósofos era algo que estaba ya en su interior y que, gracias a ellos, recibió un nombre y respuesta: los poderes terribles de los hubris y el método para conjugarlos. La literatura griega no le reveló una filosofía, una moral, un "debe ser" sino al ser mismo en su marea, en su ritmo alternativamente creador y destructor. Las normas griegas, dice Jaeger, son una manifestación de la legalidad inmanente del cosmos: el movimiento del ser, su dialéctica. Reyes escribió una y otra vez que la tragedia es la forma más alta y perfecta de la poesía porque en ella la desmesura encuentra al fin su tensa medida y, así, se purifica y redime. La pasión es creadora cuando encuentra su forma. Para Reyes la forma no era una envoltura ni una medida abstracta sino el instante de reconciliación en el que la discordia se transforma en armonía. El verdadero nombre de esta armonía es libertad: la fatalidad deja de ser una imposición exterior para convertirse en aceptación íntima y voluntaria. Ética y estética se enlazan en el pensamiento de Reyes: la libertad es un acto estético, es decir, es el momento de concordia entre pasión y forma, energía vital y medida humana; al mismo tiempo, la forma, la medida, constituyen una dimensión ética, ya que nos salvan de la desmesura, que es caos y destrucción.
Estas ideas dispersas en muchas páginas y libros de Reyes, son la sangre invisible que anima su obra poética más perfecta: Ifigenia cruel. Quizá no sea innecesario recordar que este poema es, entre otras muchas cosas, el símbolo de un drama personal y la respuesta que el poeta intentó darle. Su familia pertenecía al ancien régime. Su padre había sido ministro de la guerra del gobierno de Porfirio Díaz y su hermano mayor, el jurista Bernardo Reyes, era un profesor universitario y un polemista político de renombre. Ambos fueron conservadores y enemigos del gobierno revolucionario de Madero. Su padre murió en el asalto al Palacio Nacional y su hermano, al triunfo de los revolucionarios, se refugió en España y desde allá no cesó de atacar al nuevo régimen. Así, la situación de Alfonso Reyes no era muy distinta a la de Ifigenia: el hermano le recuerda que la venganza es un deber filial; rehusarse a seguir la voz de la sangre es condenarse a servir a una diosa sanguinaria ­­ Artemisa en un caso, la Revolución Mexicana es el otro. Ifigenia decide quedarse en Táuride y Reyes se pone al servicio del régimen revolucionario. Por supuesto, el poema es algo más que la expresión de este conflicto íntimo; visión de la mujer y meditación sobre la libertad, Ifigenia cruel es de las obras más perfectas y complejas de la poesía moderna hispanoamericana.
Reyes escoge la segunda versión del mito. Como es sabido, en esta versión no se consuma el sacrificio de la virgen. En el momento en que Ifigenia debe morir en Áulide para aplacar la cólera del viento, Artemisa substituye su cuerpo por el de una cierva y la conduce a Táuride. Allá la consagrada sacerdotisa de su templo: Ifigenia debe inmolar a todos los extranjeros que llegan a la isla. Un día recoge entre los extraños que un naufrago arroja a la costa, a Orestes. Vence el destino, la ley de la casta: los dos hermanos se fugan, no sin robarse la estatua de la diosa, y regresan al Ática. Reyes introduce un cambio fundamental en la historia, algo que no aparece ni en la obra de Eurípides ni en la de Goethe: Ifigenia ha perdido la memoria. No sabe quién es ni de dónde viene, Sólo sabe que es "un montón de cólera desnuda". Virgen sin origen, que "brotó como un hongo en las rocas del templo", desde el principio del principio atada a la piedra sangrienta, virgen sin pasado y sin futuro, Ifigenia es un ciego movimiento sin conciencia de sí, condenado a repetirse sin cesar. La aparición de Orestes rompe el hechizo; sus palabras penetran la pétrea conciencia de Ifigenia, que pasa gradualmente del reconocimiento del "otro" ­­el hermano desconocido y delirante, el semejante remoto siempre al redescubrimiento de su identidad perdida. Para ser nosotros mismos, parece insinuar Reyes, es menester reconocer la existencia de los demás. Al recobrar la memoria, Ifigenia se recobra. Está en posesión de su ser porque sabe quién es: virtud mágica del nombre. La memoria le ha vuelto la conciencia; y la devolverle la conciencia, le otorga la libertad. No es ya la poseída por Artemisa, "al tronco de sí misma atada", ya puede elegir. Su elección ­­y aquí la diferencia con la versión tradicional es aún más significativa­­ es inesperada: Ifigenia decide quedarse en Táuride, Le bastan dos palabras ("dos conchas huecas de palabras: no quiero") para cambiar en un instante vertiginoso todo el curso de la fatalidad. Por ese acto reniega de la memoria que acaba de recobrar, dice no al destino, a la familia y al origen, a la ley del suelo y de la sangre. Y más: se niega a sí misma. Esa negación engendra una nueva afirmación de sí Al negarse, se elige. Y este acto, libre entre todos, afirmación de la soberanía del hombre, encarnación fulgurante de la libertad, es un segundo nacimiento. Ifigenia ya es hija de sí misma.
Escrito en 1923, el poema de Reyes no sólo se anticipa a muchas preocupaciones contemporáneas sino que encierra, en cifra, condensada en un lenguaje que participa de la dureza de la piedra y de la amargura del mar, artificioso y bárbaro a un tiempo, toda la evolución posterior de su espíritu. Todo Reyes ­­el mejor, el más libre y suelto­­ está en esta obra. Ni siquiera falta el guiño secreto, el aparte malicioso para el goce de los entendidos, el anacronismo y la señal de inteligencia hacia otras tierras y otros tiempos. Erudición, sí, pero también gracia, imaginación y dolorosa lucidez. Ifigenia, su cuchillo y su diosa, inmensa piedra labrada por la sangre, aluden simultáneamente a los cultos precortesianos y al "eterno femenino", el soneto del monólogo de Orestes es un doble homenaje a Góngora y al teatro español del siglo XVII; la sombra de Segismundo oscurece a veces el rostro de Ifigenia; otras, la virgen pronuncia enigmas como la Hérodiade de Mallarmé o se palpa con el pensamiento como La joven Parca; Eurípides y Goethe, el libre arbitrio católico y los experimentos rítmicos del modernismo y hasta los temas mexicanos (universalismo y nacionalismo) y la querella familiar, todo se funde con admirable naturalidad. Nada sobra porque nada falta. Cierto, nunca volvió a escribir un poema de arquitectura tan sólida y aérea, tan rico de significaciones, pero sus mejores páginas en prosa son una apasionada meditación sobre el misterio de Ifigenia, la virgen libertad.
El enigma de la libertad es también el de la mujer. Artemisa es una divinidad pura y carnicera: es la luna y el agua, la diosa del tercer milenio antes de Cristo, la domadora, la cazadora y la hechicera fatal. Ifigenia es apenas una manifestación humana de esa deidad pálida y terrible que atraviesa los bosques nocturnos seguida de una jauría sanguinaria. Artemisa es un pilar, el árbol primordial, arquetipo de la columna como el bosque es el modelo mítico del templo. Ese pilar es el centro del mundo:

En torno a ti danzan los astros
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!

Artemisa es virgen e impenetrable; "¿Quién vislumbró la boca hermética de tus dos piernas verticales?" Ojos de piedra, boca de piedra ­­pero "las raíces de sus dedos sorben los cubos rojos del sacrificio, a cada luna". Peña, pilar, estatua, agua quieta, es también carrera loca del viento entre los árboles. Artemisa busca y rehúsa alternativamente, la encarnación, el encuentro con el otro, adversario y complemento de su ser. El abrazo carnal es lucha mortal.
En la obra de Reyes el erotismo ­­en el sentido moderno del término­­ aparece siempre velado. La ironía modera el alarido; la sensualidad dulcifica el gesto terrible de la boca; la ternura transforma la garra en caricia. El amor es batalla, no carnicería. Reyes no niega la omnipotencia del deseo, pero ­­sin cerrar los ojos ante la naturaleza contradictoria del placer ­­busca de nuevo un equilibrio. Si en Ifigenia cruel­­ y en otros textos, algunos publicados y otros inéditos, como la farsa de Landrú­­ el deseo aparece revestido con las armas de la muerte, en los más numerosos y personales su temperamento cordial ­­melancolía, ternura, saudade­­­ calma a la sangre y sus abejas. El epicureísmo de Reyes no es una estética ni una moral: es una defensa vital, un remedio viril. Pacto: no renuncia ni guerra sin cuartel. En un poema de juventud bastante más complejo de lo que revela una primera lectura, dice que en sus imaginaciones identifica a la flor (que es una flor mágica: la adormidera) con la mujer y confiesa su temor:

¡Tiemblo, no amanezca el día
en que te vuelvas mujer!

La flor esconde, como la mujer, una amenaza. Ambas provocan sueño, delirio y locura. Ambas hechizan, es decir, paralizan el ánimo. Para librarse del cuchillo de la virgen Ifigenia y de la amenaza de la flor, no hay exorcismo conocido, excepto el amor, el sacrificio ­­que es, siempre, una transfiguración. En la obra de Reyes no se consuma el sacrificio y el amor es una oscilación entre la soledad y la compañía. A la mujer ("trataba en la obra ­­libre aunque se da y ajena") la tenemos un instante en la realidad.
Y siempre en la memoria, como nostalgia:

Mercedes, Río, mercedes
soledad y compañía,
de toda angustia remanso,
de toda tormenta orilla.

Pacto, acuerdo, equilibrio: estas palabras son frecuentes en la obra de Reyes y definen una de las direcciones centrales de su pensamiento. Algunos, no contentos con acusarlo de "bizantinismo" (hay críticas que, en ciertos labios, resultan elogios), le han reprochado su moderación. ¿Espíritu moderado? No lo creo, al menos de la manera simple con que quieren verlo las inteligencias simplistas. Espíritu en busca de equilibrio, aspiración hacia la medida; y también, gran apetito universal, deseo de abarcarlo todo, lo mismo las disciplinas más alejadas que las épocas más distantes. No suprimir las contradicciones sino integrarlas en afirmaciones más anchas; ordenar el saber particular en esquemas generales­­ siempre provisionales. Curiosidad y prudencia: todos los días descubrimos que aún nos falta algo por saber y que, si es cierto que todo ha sido pensado, también lo es que nada se ha pensado. Nadie tiene la última palabra. Es fácil darse cuenta de las ventajas y riesgos de una actitud semejante. Por una parte, irrita a los espíritus categóricos, que tienen la verdad en el puño; por la otra, el exceso de saber a veces nos vuelve tímidos y nos quita confianza en nuestros impulsos espontáneos. A Reyes la erudición no lo paralizó porque se defendió con un arma invencible: el humor. Reírse de sí mismo, reírse de su propio saber, es una manera de aligerarse de peso.
Góngora decía: "No es sordo el mar: la erudición engaña". Reyes no siempre se libró de los engaños de esa erudición que nos hace ver en la novedad de hoy la locura de ayer. Además, su temperamento lo llevaba a huir de los extremos. Esto explica, quizá, su reserva ante esas civilizaciones y esos espíritus que expresan lo que llamaría la exageración sublime (Pienso en el Oriente y en la América precolombina pero asimismo en Novalis y Rimbaud.) Siempre lamenté su frialdad ante la gran aventura del arte y la poesía contemporáneos. El romanticismo alemán, Dostoievski, la poesía moderna (en lo que tiene de más ariesgado), Kafka, Lawrence, Joyce y tantos otros, fueron territorios que recorrió con valentía de explorador pero sin pasión amorosa. Y aun en esto temo ser injusto, pues ¿cómo olvidar su afición a Mallarmé, precisamente uno de los poetas que encarnan con mayor lucidez la sed de absoluto del arte moderno? Tachado de tibieza en la vida pública, algunos señalan que en ocasiones su carácter no estuvo a la altura de su talento y de las circunstancias. Es verdad. Pero si es cierto que a veces calló, también lo es que nunca gritó como muchos de sus contemporáneos. Si no sufrió persecución, tampoco persiguió a nadie. No fue hombre de partido; no lo fascinó el número ni la fuerza; no creyó en los jefes; no publicó adhesiones ruidosas; no renegó de su pasado, de su pensamiento y de su obra; no se confesó; no practicó la "autocrítica"; no se convirtió. Y así, sus indecisiones y hasta sus debilidades ­­porque las tuvo­­ se convirtieron en fortaleza y alimentaron su libertad. Este hombre tolerante y afable vivió y murió como un heterodoxo, fuera de todas las iglesias y partidos.
La obra de Reyes desconcierta no sólo por su extensión, sino por la variedad de los asuntos que trata. Nada más alejado, sin embargo, de la dispersión. Todo tiende a la síntesis, inclusive esa parte de su producción constituida por notas, apuntes y resúmenes de libros ajenos. En una época de discordia y uniformidad ­­ dos caras de la misma medalla­­ Reyes postula una voluntad de concierto, es decir, un orden que no excluya la singularidad de las partes. Su interés por las utopías políticas y sociales y su continua meditación sobre los deberes de la intelligentsia hispanoamericana tienden el mismo origen que su afición a los estudios helénicos, la filosofía de la historia y la literatura comparada. En todo busca el rasgo individual, la variación personal; y procura siempre insertar esa singularidad en una armonía más vasta. No obstante, concierto, acuerdo o equilibrio son palabras que no lo definen por entero: concordia le conviene mejor. La merece más. Concordia no es concesión, pacto o compromiso sino juego dinámico de los contrarios, concordancia del ser y lo "otro", reconciliación del movimiento y el reposo, coincidencia de la pasión y la forma. Oleada de vida, vaivén de la sangre, mano que se abre y se cierra: dar y recibir y volver a dar. Concordancia, palabra central y vital. Ni cerebro, ni vientre, ni sexo, ni mandíbula: corazón.
La muerte es la única proposición irrefutable, la única realidad innegable. Al mismo tiempo, tal vez por el exceso de realidad que manifiesta, por esa brutalidad con que nos dice que la presencia es ausencia, la muerte infunde un aire de irrealidad a todo lo que vemos, sin excluir al mismo muerto que velamos. Todo está y no está. Nuestra realidad última no es sino una definitiva irrealidad. Podría decirse, modificando levemente un verso de Borges: la muerte, minuciosa de irrealidad. Reyes está aquí y no está. Lo veo y no lo veo. Como en su poema:

Pasa el jinete del aire
montado en su yegua fresca,
y no pasa: está en la sombra
repicando las espuelas.

Reyes cabalga aún. En la sombra relucen sus armas: la mano y la inteligencia, el sol y el corazón.


París, 4 de enero de 1960


Cuadernos, París, No. 41 (marzo-abril 1960) pp. 4-8

Alfonso Reyes


La Habana

No es Cuba, donde el mar disuelve el alma.
No es Cuba —que nunca vio Gaugin,
Que nunca vio Picasso—,
Donde negros vestidos de amarillo y de guinda
Rondan el malecón, entre dos luces,
Y los ojos vencidos
No disimulan ya los pensamientos.

No es Cuba — la que oyó a Stravisnsky
Concertar sones de marimbas y güiros
En el entierro del Papá Montero,
Ñañigo de bastón y canalla rumbero.

No es Cuba — donde el yanqui colonial
Se cura del bochorno sorbiendo "granizados"
De brisa, en las terrazas del reparto;
Donde la policía desinfecta
El aguijón de los mosquitos últimos
Que zumban todavía en español.

No es Cuba — donde el mar se transparenta
Para que no se pierdan los despojos del Maine,
Y un contratista revolucionario
Tiñe de blanco el aire de la tarde,
Abanicando, con sonrisa veterana,
Desde su mecedora, la fragancia
De los cocos y mangos aduaneros.


A Eugenio Florit

Florit, la primavera se desborda
y vuelca Flora el azafate henchido,
y la naturaleza en cada nido
lanza un temblor y hace la vista gorda.

¿Qué pasa entonces, cuando el viento asorda
y el campo es todo asombro y todo ruido,
y aun el más recatado y retraído
toma el alma y la echa por la borda?

¿Qué arcaico rito o gresca dionisíaca,
que endiablada, o mejor, paradisíaca
celebración de las celebraciones?

Es que el poeta cumple el mandamiento:
hacer razones con el sentimiento
y dar en sentimiento las razones.


Yerbas del Tarahumara

Han bajado los indios tarahumaras,
que es señal de mal año
y de cosecha pobre en la montaña.
Desnudos y curtidos,
duros en la lustrosa piel manchada,
denegridos de viento y de sol, animan
las calles de Chihuahua,
lentos y recelosos,
con todos los resortes del miedo contraídos,
como panteras mansas.

Desnudos y curtidos,
bravos habitadores de la nieve
—como hablan de tú—,
contestan siempre así la pregunta obligada:
—"Y tú ¿no tienes frío en la cara?"

Mal año en la montaña,
cuando el grave deshielo de las cumbres
escurre hasta los pueblos la manada
de animales humanos con el hato e la espalda.

Los hicieron católicos
los misioneros de la Nueva España
—esos corderos de corazón de león.
Y, sin pan y sin vino,
ellos celebran la función cristiana
con su cerveza-chicha y su pinole,
que es un polvo de todos los sabores.

Beben tesgüiño de maíz y peyote,
yerba de los portentos,
sinfonía lograda
que convierte los ruidos en colores;
y larga borrachera metafísica
los compensa de andar sobre la tierra,
que es, al fin y a la postre,
la dolencia común de las razas de los hombres.
Campeones de la Maratón del mundo,
nutridos en la carne ácida del venado,
llegarán los primeros con el triunfo
el día que saltemos la muralla
de los cinco sentidos.

A veces, traen oro de sus ocultas minas,
y todo el día rompen los terrones,
sentados en la calle,
entre la envidia culta de los blancos.
Hoy solo traen yerbas en el hato,
las yerbas de salud que cambian por centavos:
yerbaniz, limoncillo, simonillo,
que alivian las difíciles entrañas,
junto con la orejela de ratón
para el mal que la gente llama "bilis";
y la yerba del venado, del chuchupaste
y la yerba del indio, que restauran la sangre;
el pasto de ocotillo de los golpes contusos,
contrayerba para las fiebres pantanosas,
la yerba de la víbora que cura los resfríos;
collares de semillas de ojos de venado,
tan eficaces para el sortilegio;
y la sangre de grado, que aprieta las encías
y agarra en la nariz los dientes flojos.

(Nuestro Francisco Hernández
—El Plinio Mexicano de los Mil y Quinientos—
logró hasta mil doscientas plantas mágicas
de la farmacopea de los indios.
Sin ser un gran botánico,
don Felipe Segundo
supo gastar setenta mil ducados,
¡para que luego aquel herbario único
se perdiera en la incuria y el polvo!
Porque el padre Moxó nos asegura
que no fue culpa del incendio
que en el siglo décimo séptimo
aconteció en El Escorial.)

Con la paciencia muda de la hormiga,
los indios van juntando sobre el suelo
la yerbecita en haces
—perfectos en su ciencia natural.


Visitación

—Soy la Muerte— me dijo. No sabía
que tan estrechamente me cercara,
al punto de volcarme por la cara
su turbadora vaharada fría.

Ya no intento eludir su compañía:
mis pasos sigue, transparente y clara
y desde entonces no me desampara
ni me deja de noche ni de día.

—¡Y pensar —confesé—, que de mil modos
quise disimularte con apodos,
entre miedos y errores confundida!

«Más tienes de caricia que de pena».
Eras alivio y te llamé cadena.
Eras la muerte y te llamé la vida.


Alfonso Reyes nació en la ciudad de Monterrey (Estado de Nuevo León)
el 17 de mayo de 1889; fue hijo del General Bernardo Reyes y de doña
Aurelia Ochoa de Reyes. Hizo sus primeros estudios en escuelas
particulares de Monterrey, en el Liceo Francés de México, en el
Colegio Civil de Nuevo León, en la Escuela Nacional Preparatoria
y en la Facultad de Derecho de México, en donde obtuvo el título
de abogado el 16 de julio de 1913. En 1909 fundó, con otros
escritores mexicanos, el "Ateneo de la Juventud". Allí, junto con
Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y José Vasconcelos se organizaron
para leer a los clásicos griegos. En 1910 publicó su primer libro
"Cuestiones Estéticas". En agosto de 1912 es nombrado secretario de
la Escuela Nacional de Altos Estudios, en la que profesó la cátedra
de "Historia de la Lengua y Literatura Españolas", de abril a junio
de 1913. El 17 de este mes fue designado segundo secretario de la
Legación de México en Francia, puesto que desempeñó hasta octubre de
1914. Exiliado en España (1914-1924), después de la muerte de su
padre, el general Bernardo Reyes. Se integró a la escuela de
Menéndez Pidal y posteriormente en la estética de Benedetto Croce,
más adelante publicó numerosos ensayos sobre la poesía del siglo de
oro español, entre los que destacan: "Barroco" y "Góngora"; además,
fue uno de los primeros escritores en estudiar a sor Juana Inés de
la Cruz. De esa época son "Cartones de Madrid" (1917), su breve pero
magistral obra, "Visión de Anáhuac" (1917), "El suicida" en 1917 y
"El cazador" en (1921).
En España se consagró a la Literatura y al periodismo; trabajó en
el Centro de Estudios Históricos de Madrid bajo la dirección de don
Ramón Menéndez Pidal.
En 1919 fue nombrado secretario de la comisión mexicana "Francisco
del Paso y Troncoso", también en este año efectuó la prosificación
del poema del Mío Cid, y en junio de 1920, fue nombrado segundo
secretario de la Legación de México en España. A partir de entonces
hasta febrero de 1939, en que regresó definitivamente a México,
ocupó diversos cargos en el servicio diplomático; Encargado de
Negocios en España (1922-1924), Ministro en Francia (1924-1927),
Embajador en Argentina (1927-1930 y 1936-1937) y en Brasil (1930-
1936). En abril de 1939 fue presidente de la Casa de España en
México, que después se convirtió en El Colegio de México, Fue
miembro de número de la Academia Mexicana correspondiente de la
Española, y catedrático fundador del Colegio Nacional. En 1945
obtuvo el Premio Nacional de Literatura en México. De 1924 a 1939
se convirtió en una figura esencial del continente hispánico,
como lo atestigua el propio Borges. Entre sus ensayos de esos años
se cuentan "Cuestiones gongorinas" (1927), "Simpatías y diferencias"
(ensayos, 1921-1926), "Homilía por la cultura" (1938), "Capítulos
de literatura española" (1939 y 1945) y "Letras de la Nueva España"
(1948). Maestro del lenguaje, de 1939 a 1950 llegó a la cumbre de
su madurez intelectual y escribió una larga serie de libros sobre
temas clásicos, como "La antigua retórica" y "Última Tule" en 1942,
"El deslinde" (1944), "La crítica en la Edad Ateniense" (1945),
"Junta de sombras" (1949). También escribió temas muy variados
tales como: "Tentativas y Orientaciones" (1944), "Norte y Sur"
(1945), "La X en la frente" y "Marginalia", en 1952. Entre sus
traducciones se encuentra parte de "La Iliada" de Homero, en
1951. Su trabajo con el mundo clásico no se limita al de la
erudición, es más bien una reinvención de metáforas poéticas y
hasta políticas que definen nuevas perspectivas para articular
la realidad de México, como su "Discurso por Virgilio" (1931).
En "Ifigenia cruel" (1924), poema dramático en el estilo del
teatro clásico, el mito contado por Eurípides se reinventa, y se
transforma en una reflexión sobre la identidad y el pasado, una
alegoría de su propia vida personal y también de la del México
surgido de su propia Revolución. Fallece este insigne poeta
mexicano en el año de 1959.

21 de junio de 2009

José Juan Tablada


EL GALLO HABANERO

En el matinal gallinero
con el rendimiento caballero,
en torno a su hembra enreda
el arabesco de su rueda
sin cesar el gallo habanero;

cual blanco albornoz el plumón
envuelve su fiero ademán;
¡por su cresta-fez bermellón
y el alfanje de su espolón,
el gallo es un breve sultán!

Junto a la gallina coqueta,
de pronto su blanca silueta
fija en soberbia rigidez,
como el gallo de la veleta
o el caballo del ajedrez...

Echando atrás el cuello empina;
¡y en enfático frenesí,
rasga la matinal neblina,
sobre el jardín que ilumina
con su agudo kikirikí!


NOCTURNO ALTERNO

Neoyorquina noche dorada
Fríos muros de cal moruna
Rector's champaña foxtrot
Casas mudas y fuertes rejas
Y volviendo la mirada
Sobre las silenciosas tejas
El alma petrificada
Los gatos blancos de la luna
Como la mujer de Loth

¡Y sin embargo
es una
misma
en New York
y en Bogotá

La Luna...!


HAIKUS


LA ARAÑA

Recorriendo su tela
esta luna clarísima
tiene a la araña en vela.

EL SAÚZ

Tierno saúz
casi oro, casi ámbar,
casi luz...

LOS GANSOS

Por nada los gansos
tocan alarma
en sus trompetas de barro.

EL PAVORREAL

Pavorreal, largo fulgor,
por el gallinero demócrata
pasas como procesión.

LA TORTUGA

Aunque jamás se muda,
a tumbos, como carro de mudanzas,
va por la senda la tortuga.

HOJAS SECAS

El jardín esta lleno de hojas secas;
nunca vi tantas hojas en sus árboles
verdes, en primavera.

LOS SAPOS

Trozos de barro,
por la senda en penumbra,
saltan los sapos.

EL MURCIÉLAGO

¿Los vuelos de la golondrina
ensaya en la sombra el murciélago
para luego volar de día...?

MARIPOSA NOCTURNA

Devuelve a la desnuda rama,
mariposa nocturna,
las hojas secas de tus alas.

EL RUISEÑOR

Bajo el celeste pavor
delira por la única estrella
el cántico del ruiseñor.

LA LUNA

La Luna es araña
de plata
que tiene su telaraña
en el río que la retrata

HONGO

Parece la sombrilla
este hongo policromo
de un sapo japonista

LA GUACHARACA

¿Asierran un bambú en el gradual?
¿Canta la guacharaca?
Rac... Rac... Rac...

EN LILIPUT

Hormigas sobre un
grillo, inerte. Recuerdo
de Guliver en Liliput...

VUELOS

Juntos, en la tarde tranquila
vuelan notas de Ángelus,
murciélagos y golondrinas.

EL BURRITO

Mientras lo cargan
sueña de burrito amosquilado
en paraísos de esmeralda...

UN MONO

El pequeño mono me mira...
¡Quisiera decirme
algo que se le olvida!

PANORAMA

Bajo de mi ventana, la luna en los tejados
y las sombras chinescas
y la música china de los gatos.

PECES VOLADORES

Al golpe del oro solar
estalla en astillas el vidrio del mar.

SANDÍA

¡Del verano, roja y fría
carcajada,
rebanada
de sandía!

José Juan Tablada: Nació en la Ciudad de México en 1871, murió en Nueva York en 1945. Modernista en su primera etapa —de aquí tal vez hereda el gusto por la palabra, la aventura y el viaje; la noción del arte como cambio perpetuo— José Juan Tablada defendió esta corriente en la Revista Moderna (1989-1911). En 1900 fue al Japón. Desde entonces se interesó en "el ejemplo naturalista de los japoneses" cuya estética permite no una copia sino una "interpretación plástica" de la naturaleza. En 1914, al caer Victoriano Huerta, se exilió en Nueva York. Primer mexicano que habló con discernimiento del arte prehispánico y del popular, compañero y guía de López Velarde, amigo y defensor de los pintores Orozco, Rivera y tantos otros, Tablada inicia nuestra poesía contemporánea e introduce el haikú en lengua española. Da libertad a la metáfora antes que los ultraístas, escribe poemas ideográficos casi al mismo tiempo que Apollinaire. Revela a los futuros "Contemporáneos" un nuevo sentido del paisaje, el valor de la imagen, el poder de concentración de la palabra. Su nombre está ligado además a una de las figuras centrales de la música moderna: Edgar Varèse. El compositor francoamericano escribió hacia 1922 una cantata, Offrandes, con un poema de Tablada y otro de Huidobro. Citamos este hecho —poco conocido entre nosotros— para subrayar el interés de Tablada por todas las manifestaciones de vanguardia, tanto en la poesía como en la música y la pintura. Este poeta que descubrió tantas cosas espera todavía ser descubierto por nosotros.*
Libros de poesía: El florilegio (1899, 1904 y 1918); Al sol y bajo la luna (1918); Un día (1919); Li-Po y otros poemas (1920); El jarro de flores (1922); La feria (1928); Los mejores poemas de José Juan Tablada (1943).
La versión al inglés que aquí se presenta fue publicada en Anthology of Mexican poetry, preparada por Octavio Paz y traducida por Samuel Becket (Bloomington, Indiana University Press, 1958). La versión francesa procede de la misma Anthologie de la poésie mexicaine, editada por Octavio Paz y traducida por Guy Lévis Mano(Les éditions Nagel, París, 1952).

17 de junio de 2009

In Memoriam


Víctima de una época cada vez más sombría, y de una soledad insuperable que le tocaba las raíces mismas del ser, el 14 de mayo del pasado año se suicidó en Roma el escritor cubano Calvert Casey. Me atrevo a afirmar, parafraseando lo que Artaud dijo al referirse a la muerte de Van Gogh, que Calvert fue un artista suicidado por la sociedad y el tiempo en los que le tocó vivir. El ingenuo y delirante juego que la fiebre de su imaginación construyera para ahuyentar a sus enemigos, lo fue poblando de fantasmas —no por absurdos, menos reales y exterminadores. Al final, la literatura resultó incapaz de realizar un exorcismo último que justificara su existencia quedando él mismo convertido en fantasma. Quizá no sería del todo ilícito añadir que Calvert estaba demasiado comprometido con la vida (bien es cierto que de una manera extraña y misteriosa) para aceptar por más tiempo otra imagen de ella que no fuera la que le dictaba constantemente su deseo. Cuando comenzó a sentirla como “una pasión inútil” decidió lanzarse del otro lado del espejo, no para encontrar su definitivo y verdadero rostro sino para borrar el testimonio cruel de su memoria. Perdido en el laberinto de absurdas y endemoniadas circunstancias que lo rodeaba, con la interrupción de su conciencia se cumplía el término al irrealizable y angustioso proyecto que constituyó su vida. Ahora sólo nos quedan sus libros, sus palabras, arañando el pálido cristal de los recuerdos..., y algunas cartas que él me escribiera desde Cuba cuando yo me encontraba viviendo en Alemania. Los fragmentos de las mismas que ofrezco a los ojos del lector creo que revelan el hondo perfil humano de aquel hombre que fue mi amigo, Calvert Casey, que nació en Baltimore, amó a Cuba y se suicidó en Roma.

Fernando Palenzuela


la habana, febrero 1962

“Estoy mirando la fotografía que nos tomaron en aquel bellísimo patio de Camagüey durante aquel deprimente encuentro de poetas, no sé si recordarás. Qué rápido ha pasado el tiempo y cuántas cosas han pasado desde entonces. Tengo versiones fugaces de tu viaje, te imagino al volante de un camión de la casa Mercedes-Benz, por la Plaza de la Magdalena, en París, o inspeccionando las ruinas de la catedral de Colonia, la flamante obra de la civilización, luego he dejado de saber de ti hasta que O. llegó a mi casa y me habló de ti y de que querías que te escribiera”.

“He vivido fuera y sé la importancia que tiene recibir cartas, el prestigio increíble que tiene un sobre sin abrir, y el misterio. Recuerdo haberlos conservado hasta dos días y mirarlos sin querer abrirlos para no develar el misterio, que muchas veces, casi todas las veces no era más que palabras banales como éstas que te escribo, pero qué extraño y sugerente valor tenían cuando aún estaban dentro del sobre sin abrir”.
....

“Por correo ordinario en un barco que tardará en llegar te estoy mandando un libro de cuentos míos que salió este mes. Espero que si abandonas Stuttgart te hagas remitir la correspondencia y te llegue el libro. Creo que en Camagüey me dijiste que te interesaba lo que escribía. Siento mi vida ya muy concluída y siento que debía tener ya media docena de libros; el tiempo perdido es irrecuperable. Con gran escepticismo he empezado una novela. Conspira también contra nosotros la sensación de desastre inminente que pesa sobre la humanidad, y que algunos días es muy fuerte, sobre todo en nuestro pequeño pedazo de tierra, por todas las amenazas que pesan sobre él”.
“Pienso en Stendhal que, salvando las enormes distancias, tuvo la suerte de vivir en la Europa de la Santa Alianza donde se podía planear una novela que tardaría meses o años en escribirse, porque había la seguridad del tiempo, que creo es algo que nos ha abandonado. Me pregunto si la anatomía humana, que se adapta a todo, reflejará en alguna forma, quizás monstruosa, esta sensación de apocalipsis inminente con la que (algunos días) parece que hemos aprendido a vivir”.
“Del pequeño mundo que tú conociste y sus ramificaciones, antecedentes y futuro prefiero que hablemos cuando volvamos a vernos. Creo que es tan pequeño, con tan pequeñas repercusiones en nuestro pequeño y subdesarrollado país, a pesar de nuestras ilusiones de ser importantes, que si dejara de existir no pasaría nada. No quieras mal a los que no te escriben, el momento es tan complejo que lo que te digan hoy, mañana dejará de ser válido”.
“Si te decides a escribirme cuéntame algo de tus viajes, si has conocido Italia. Si no, trata de hacerlo. Hay allí una vitalidad asombrosa, la vitalidad española, pero muy depurada, algo muy viejo y muy joven al mismo tiempo. Quizás Grecia sea así también, pero quizás, como España, más cruda. Roma es como si La Habana tuviera 2,000 años de fundada, y viejos palacios de príncipes vestidos de negro a los que nadie ve, porque lo extraño es que se me pareció a La Habana, y Génova en cierto modo también. Lo más cerca que te quedaría en París, donde me dice O. que vivirás, es Génova. Es una extraña ciudad, como La Habana pero tenebrosa. Y Nápoles es como La Habana, pero con algo malévolo y abyecto. Ya todo eso forma parte de mis recuerdos; en tí es cosa viva. Lo único que deseo es que, pase lo que pase, no tenga que abandonar nunca a Cuba. Tengo esa cosa pueril que se llama el nacionalismo, el amor al lugar donde se ha crecido, que te hará reir a carcajadas allá en tu rincón de Stuttgart, pero que a mí, hoy por hoy, me mantiene aquí”.

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la habana, marzo 31, 1962

“Cuenta con que el Libro de Rolando ha salido ya por vía marítima y te llegará. Creo que es un hemoso libro y que la pérdida de Rolando fue tremenda. Me parece, sin embargo, que el cursi epíteto de malogrado no le conviene. El libro parece obra de quien resume constantemente su experiencia porque sabe que va a morir muy pronto. Su temor (o su deseo) tarde o temprano se cumple. Pero yo no soy poeta y leo mal la poesía, todo está ahí y tu juzgarás mejor que yo”.
“No sé si conocías “En San Isidro”, que publiqué en el último número de “Ciclón”, único que salió después del famoso 1ro. de enero. Creo que es también lo de más vitalidad que yo he hecho. En todo caso, únelo a “El Rregreso”, porque es parte inseparable de mi visión de La Habana y de Cuba. Como ves, no es poema, ni cuento, sólo una especie de oratorio desesperado”.
“Estoy dando tu dirección a X., pues me la pidió con interés. Pero tú sabes que está un poco como todos nosotros, sujetos a cambios de humor. —Tiene el mismo espíritu invencible de siempre, a pesar de los ataques, de los años y de la soledad”.

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“Paso en estos momentos por una crisis personal y me es difícil escribirte nada que tenga sentido. He comenzado y terminado un capítulo de la novela — y me he preguntado ¿es que yo no puedo escribir más que sobre cosas y gentes muy jodidas como yo? ¿Y el lado alegre de la vida? ¿Y la alegría de estar vivo? ¿Y el humor? ¿Y el amor?”
“Luego la crisis personal inevitable de quien ve concluir la juventud y se pregunta qué pasará —posiblemente no pasará nada. La decadencia es demasiado sutil como para que “pase” nada — o eso es, precisamente: que no pasa nada”.

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la habana, junio 17, 1962

“Algo de la pesantez de Munich conozco por libros y por gente que me ha hablado; la capital de Luis I, el loco apasionado de Wagner, recubierta de mármol en un esfuerzo pedante por igualarla a Atenas ¿no hay algo de eso? Algún escritor malo de fin de siglo (creo que Blasco Ibáñez) la llamó “la de los mármoles fríos”. Pero ¿no son los alemanes del Sur, de cabellos negros, más vivaces y simpáticos que los del Norte, y más libres de sus manías de trabajo y limpieza? A lo mejor todo esto te hace sonreir; bien sonríe ante mi ignorancia”.
“Al fin cayeron sobre tu pobre isla, torturada por una sequía bíblica, feroz, inmensos enormes aguaceros tropicales, que me hacen ver a la Naturaleza como una madre menos cruel. El agua del cielo sin descanso, en cantidad diluviana, me agarró en Isla de Pinos. Algún día hablaremos de ese viaje. Qué bello y qué amenazador es el mar en la madrugada bajo un diluvio, lleno de relámpagos. Y yo aterido de frío durmiendo en cubierta, sintiéndome perdido en aquella inmensidad. Constantemente huyo de la ciudad, sobre todo de los pequeños grupos asfixiantes de los que tú, con gran prudencia, te mantuviste a distancia; viajo mucho por la isla; a fines de abril llegué hasta Remedios; Las Villas son amables, en algunas de ellas hay aún viejos fiacres que te transportan de lugar y de siglo por una peseta; barato ¿verdad? Hay viejos caserones remedianos conmovedores por lo hermosos; Trinidad es infinitamente superior, allí estuve cuando salí de La Habana, pero es que uno siente que a Remedios no llega nadie. Ya los amigos se han acostumbrado a estas desapariciones constantes mías, que en los últimos tiempos se han hecho obsesivas, y que muchas veces, en un país estremecido por los cambios sociales, tienen extrañas consecuencias que algún día (?) asumirán forma literaria”.
“Tu última carta larga desde Stuttgart me conmovió, pero también me hizo sentir que no estamos tan lejos el uno del otro. Yo también defiendo el derecho a la locura. Si hay segunda edición de los cuentos, figurará San Isidro como parte de ese derecho. Eso no me aumentará el número de amigos, ni aquí ni en el exterior, pero me reconciliará conmigo mismo. ¿Y tu locura? ¿Asumirá forma literaria? No olvides que ese será el único rastro de nuestras vidas antes de perderse en el vacío”.
“¿Crees que soy feliz o estoy contento? Como tantos otros, vivo desgarrado, aunque las apariencias indiquen otra cosa; estoy aquí por un profundo amor a mi país, que siento que no puedo abandonar a su dramática suerte, y por un deseo ingenuo de compartir sus tristezas y una esperanza más ingenua aún (estas ingenuidades suelen pagarse muy caras) de influir en esa suerte. Para los de fuera, las apariencias me acusarán de buscar mi mejor conveniencia. Bien, que piensen lo que quieran. Ellos también están sometidos a un sufrimiento intenso. La huella que va dejando el desgarramiento diario en el espíritu sólo es visible para quien lo sufre. Soy tan mal artista que ni siquiera tengo el talento de dejar constancia de ella”.
“Fernando, escríbeme cuando sientas la necesidad de hacerlo; tus cartas rompen la sensación esta de aislamiento, tan penosa, háblame de París, trata de ver algo del Teatro de las Naciones, que durará hasta julio y cuéntame”.
“Ya yo sabía, antes que me lo dijera Víctor Manuel la otra mañana en un café de O’Reilly, completamente ebrio, que lo más hermoso, y lo más terrible, es lo que no se dice. Dime tú lo que puedas”.
“Me siento mucho más sereno; hoy es domingo, un domingo en La Habana, que tan bien conoces. Anduve hoy con Z. por Guanabacoa, él es medio guajiro; anduvimos buscando viejos manantiales, admirando los ríos crecidos, llegamos hasta el río Cojímar, y sus altos paredones impresionantes y llenos de una paz infinita, donde no hace muchos años, aún corrían venados. Cómo se extiende la ciudad hacia allá, qué amenazadora y qué grande”.
“Y tú, que has visto el Elba y el Oder y el Rin, soportas en silencio que yo llame ríos a nuestros pobres arroyos casi secos”.

Calvert Casey


Piazza Morgana

Ya he entrado en tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el excremento, con su sabor dulce y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos de tu cuerpo. He venido a quedarme. Nunca me marcharé. Desde este puesto de observación, donde finalmente he logrado la dicha suprema, veo el mundo a través de tus ojos, oigo por tus oídos los sonido más aterradores y los más deliciosos, saboreo todos los sabores con tu lengua, tanteo todas las formas con tus manos. ¿Qué otra cosa podría desear un hombre? De una vez para siempre "emparadizado en ti". "Envejecemos juntos, dijiste", y así sucederá.

Mi suerte será envidiada por generaciones de amantes de todo el tiempo venidero, hasta el final de los Tiempos. Se me ocurrió mientras te estabas afeitando un día, en una tregua de nuestros momentos de odio mutuo. La hoja te hizo un pequeño pero profundo corte en la barbilla. Mientras presionaba la herida para limpiarla, y tu sangre manaba de las venas cortadas, sentí un tremendo impulso de probarla.

A partir de ese instante, mi mente se deslizó por una pendiente irresistible, fuera ya de control. Esa noche y muchas noches más, mientras tú respirabas plácidamente en tu sueño, a mi lado, pensé en los rojizos y descarnados tejidos del estómago, cruzados y entrecruzados por venas, segregando sin cesar sus jugos a la menor provocación. Me vi a mí mismo tocando con temor los duros y rojizos tendones, el blanco interior de la espina dorsal, tu cerebro, tierno y palpitante, los musculados y carnosos tejidos de tu corazón, el revestimiento externo de tus huesos, tan rosado y sedoso, donde los vasos sanguíneos se entrelazan, haciendo surgir incesantemente nuevas células que reemplazan a las ya muertas. Vi los accesos de tu boca, la oscura incrustación de la lengua, y más allá, los frágiles cartílagos y cuerdas vocales de donde tu voz brota. Me preguntaba cómo sabría y olería todo ello, qué se sentiría al morder los tendones: lamer los huesos, mascar la tierna y delicada carne, desollar el escroto, vaciar la vejiga, hacer una incisión en el pene; tras haber desalojado previamente los pulmones, dejar que mi mejilla repose eternamente junto al tejido sanguinolento y descarnado de la caja torácica; desplegar los largos y macizos músculos de las nalgas y muslos, alimentarme de ellos, llegar a probar todas tus glándulas, estar durante semanas a dieta del fluido genital; cada vez más ansioso, más anhelante, alimentarme, alimentarme, alimentarme lentamente de los tímpanos, los ojos, la lengua, roer la abertura rectal, utilizar tu pelo y todo el vello de tu cuerpo como seda dental, morder hasta el fondo de tus axilas, recobrar en los ganglios las energías perdidas, empezar a comer lentamente desde la punta de los dedos hacia arriba, hasta que los brazos desaparezcan, destapar la rótula y beber con paciencia y cuidado (no sea que se pierda una gota) los ricos lubricantes contenidos en sus junturas, desencajar el muslo, rajar el hueso y alimentarme de su médula toda una temporada deliciosa, engullir los ojos como se engulle un huevo, mirar las cuencas vacías noches y más noches, desquiciar los tobillos, alimentarme de los pies semanas y semanas, sacar fuerza de los ligamentos, lamer los tendones hasta que pierdan su color, arrancar las uñas de los pies y de las manos, mordisquearlas y sacarles el calcio una vez agotadas las reservas de los dientes. Pero, sobre todo, comer lentamente, deliberadamente y en un rapto fervoroso, desde el interior, allí donde el corazón late impasible, el sabroso tejido, rojo vivo, bajo los pezones ya hace tiempo digeridos.

Pero entonces cambié de opinión. Como ya dije antes, generaciones de amantes de todos los siglos venideros se morirán de envidia. Nos pudriremos juntos. Mientras escribo, viajando a placer, con indescriptible regocijo, por tu corriente sanguínea, después de un prolongado verano en los mastoides, siempre dispuesto a renunciar a los vasos linfáticos por las parótidas, sé que voy a estar contigo, viajar contigo, dormir contigo, soñar contigo, orinar y defecar contigo, pensar, llorar, alcanzar la senilidad, calentarme, enfriarme y calentarme otra vez, sentir, mirar, hacerme una paja, besar, matar, mimar, tirarme pedos, perder el color, sonrojarme, convertirme en cenizas, mentir, humillar a otros y a mí mismo, quedar desnudo, acuchillar, agostar, aguardar, aquejar, reír, robar, palpitar, trepidar, eyacular, entretenerme, escabullirme, rogar, caer, engañarte con otro, engañarte con dos, comerte con los ojos, comisquear, atizarte, chupar, alardear, sangrar, soplar contigo y a través de ti.

Mi proeza es tan completamente nueva y sin paralelos que aún no ha sido igualada. No tiene precedentes en la historia y quedará en los anales de la humanidad, para que no se olvide, hasta que toda huella de la existencia humana haya sido borrada de la tierra. Mi libertad de elección y residencia no tiene límites. He conseguido lo que todo sistema político o social siempre ha soñado, en vano, conseguir: soy libre, completamente libre dentro de ti, por siempre libre de todas las cargas y temores. ¡Ningún permiso de salida, ningún permiso de entrada, ningún pasaporte, ninguna frontera, visado carta d'identità, nada de nada! Puedo establecerme a gusto mío en el pezón derecho, donde el remate de las venas y los nervios florece en una punta rosada, tierna y delicada. Allí puedo esperar indefinidamente. No tengo ninguna prisa especial. El tiempo ha sido obliterado. Tú eres el Tiempo. Fue tan sólo el siglo pasado cuando me agarré como un loco a las viscosas paredes de tu vejiga para evitar el ser arrastrado fuera. Así que puedo esperar, con máquina de escribir y todo, arrullarme hasta conciliar el sueño, bajo ese velloso y maravillosamente suave montículo de tu pecho, y esperar a que algún idiota me despierte y me haga cosquillas. Puedo escalar tu lengua y lamer y apretujarme en otra boca, alcanzando todas delicias que el cielo reserva. Y es entonces cuando me lanzo de cabeza por la espina dorsal, despidiendo un escalofrío tras otro de placer divino, hasta que tus pulsaciones laten de forma tan salvaje que me dejo arrastrar por el torrente y viajo a la velocidad de la luz dentro del espeso y vivificante fluido de tu sangre.

Pero sin prisa, sin prisa. A lo largo de días, semanas, meses, puedo alojarme en tu retina, emprender viajes de placer por la pupila con objeto de echar una ojeada al mundo exterior, mientras organizo metódicamente la más compleja e infinitamente más exigente excursión a tu cerebro. Qué placeres entonces, y qué gozo a medida que penetro en el laberinto gris, en el palpitante dédalo, aprovechando la ocasión para lamer los blancos tabiques membranosos, cuyo sabor difícilmente puede igualarse. La mayor Bolsa del mundo en el día del Crack, la estación ferroviaria más grande del mundo jamás podrían aproximarse a lo que está pasando dentro de tu cabeza.

¡Los deleites de la medulla oblongata! ¡Las ramificaciones infinitas de los arborum vitae! ¡Las ásperas caricias de la duramadre!

¿Cómo voy a empezar? ¡Cómo voy a empezar! ¿Cómo puedo entrar en ese aparente caos, en esa anarquía soberanamente ordenada, sin ser mortalmente aplastado (todo a su tiempo) por los millones de destructivos temblores, más veloces que el rayo y mucho más mortíferos? ¡Cómo voy a empezar! ¡Con amor! ¿Cómo, si no? ¡Con amor! Que el amor guíe mi exploración, mi viaje fabuloso, el viaje que ningún hombre ha emprendido hasta ahora; que él sea el hachón y la brújula que me ayuden a orientarme a través del espantoso laberinto rebosante de vibraciones, brincando y rebotando sin parar a una frecuencia fantástica.

Con muda reverencia inicio un viaje que a veces me va a llevar muy cerca de la superficie, a veces al corazón de una inmensidad perfectamente organizada. Consumiendo días, semanas, meses incluso, me meto en las profundidades; el periostio, la tabla externa, el diploe, la tabla interna, las suturas, la calvaria (próxima a la duramadre, en busca de calor y compasión). Pero una vez más: sin prisa, sin prisa. A su debido tiempo (¿qué importa el tiempo?) llegaré a la hoz del cerebro, a la encantadora blandura de la meninge, me doblaré por el nervio óptico, me estrujaré en el infundíbulo (¡el infundíbulo, oh Paradiso!), iré tanteando como un ciego la substancia negra, utilizando los dos brazos como antenas, como un murciélago, cruzaré a galope el puente de Verolio, como un niño feliz y juguetón, y, después de una larga zambullida en el acueducto de Silvio, iré a caer exhausto en la silla turca, faltándome ya el aire. Dormir, dormir es lo único que quiero después de esta primera etapa fatigosa de mi viaje. ¡El tálamo, el tálamo! ¿Dónde está el tálamo después de los horrores del claustro, y la luz lunar del globus pallidus? Tremendas reverberaciones me suben por todo el cuerpo, cargadas de electricidad. Dormir, dormir... ¿Quién es capaz de dormir cuando el patético está tan cercano, y he de tomar un largo desvío tal de no eliminar para siempre tus fuentes de compasión?

Si la emoción me vence, siempre puedo encontrar refugio en el silencio de la substancia gris. Pero no por mucho tiempo, no por mucho tiempo. ¿Quién desea silencio ahora que he llegado a lo más hondo de tu cerebro? Que las rugientes ondas que vienen de los tímpanos me ensordezcan para toda la vida. ¡Qué más da! ¿Acaso no he dicho que he venido a quedarme? Siempre estará el nervio olfatorio para guarecerse cuando falle todo lo demás. ¡Qué riqueza de olores para triscar eternamente! Y siempre están los senos para una completa protección. Alguien está martilleando en la porción petrosa. Que martillee. Hay sitio para todos. Y si se pone desagradable, una buena patada en el culo y que se pierda en la insondable profundidad de las fosas. ¡Sería una tumba bulliciosa! Nadie ha llegado aquí; nadie ha ido tan lejos y sobrevivido a las ondas destructivas de las neuronas, que llegan de todos lados, a la presión tremenda, la terrible carga y descarga, el soberanamente armonioso, soberanamente enloquecedor tutti. Nada más salir sano y salvo volveré a entrar una y otra vez en el infierno gris, el cielo sofocado, para escuchar el mortífero, rugido que nadie ha oído sin ser por ello asesinado.

Pero, como dije antes, es en tu corriente sanguínea donde logro el estado de dicha suprema reservado a los elegidos y a los justos. Me revuelco en su interior, retozo, trisco, me elevo a míticas alturas, alcanzo lo definitivo, me transformo, dejo de ser. Ya no soy yo mismo. Soy tu sangre: alimento tus pulsaciones, cruzo y vuelvo a cruzar el umbral de tu corazón, me deslizo arriba y abajo, me abalanzo del ventrículo al aurículo, hago tiempo en el atrio, paso de la vena a la arteria y regreso a la vena, hago el recorrido de los pulmones y emprendo de nuevo el camino de tu corazón. ¡Tu corazón! ¡Por fin soy yo tu corazón! No sólo el vello suave de tu pubis sino también tu corazón. Sono il tuo sangue! Quello que senti rimbalzarti dentro, questi brividi, questa strana gioia, questa paura, questa bramosia, sono io, sono io, galleggiante nelle tue arterie, e la carne che rammenta, dorenavanti rammeneiamo insieme per l'eternità, amore, amore, pauroso amore mio! No has de tener miedo, nunca volveremos a sentir la soledad, la terrible, vergonzosa soledad de la carne. La soledad se ha ido para siempre, desechada, expulsada, suprimida, quemada, enterrada. ¿Me estás oyendo? ¿Me oyes surcar tu sangre a toda velocidad cantando y gritando a pleno pulmón, entonando extrañas canciones de gozo, sollozando, gimoteando, gimiendo en un frenesí de felicidad que ningún ser humano ha conocido antes? Sono io, sono io! Moriré contigo me convertiré en sustancia inanimada, recorreré toda la gama de la existencia pre-orgánica y post-orgánica, y renaceré una y otra vez, un millón de veces, ad infinitum, contigo.

Cuando estoy de un talante menos intelectual, más emprendedor, me adentro en largos safaris por tu flora intestinal.

La vena porta abre sus puertas de par en par y yo me cuelo en la copiosa oscuridad. Podría tomar un atajo por el mesentérico, pero prefiero el camino menos recto, que me hace estremecer de expectación.

Después de un largo descenso me encuentro en el más profundo misterio. Ni las cuencas amazónicas ni las vertientes nigerianas podrían nunca igualar su caudal. Para hallar semejante uno tendría que retroceder a los días en que las fuentes del Nilo eran desconocidas, o incluso antes, mucho antes, cuando el gran río empezó a fluir, al principio sólo una estrecha corriente, que serpenteaba por el fondo de una espantosa hendidura, y que después crecía, algunos millones de años después, hasta convertirse en un tranquilo arroyo de mediano tamaño, eternidades antes de que el hombre llegara con los ojos vidriosos.

A medida que voy penetrando en las profundidades de la jungla, me siento incesantemente atraído, ceñido y rechazado por las miríadas de formas, los seres tentaculares del bosque inexplorado, las minúsculas y monstruosas flores, el interminable proceso de creación y destrucción, los mil círculos mil círculos kármicos que nadie habría sospechado encontrar aquí abajo, repitiéndose millones de veces a lo largo del largo descenso.

Podría seguir escribiendo sin parar sobre mi travesía de los pliegues semilunares, la luz opalescente donde las criaturas más extrañas, medio-animales, medio-vegetales, se abren y se cierran, se degeneran y regeneran, se abren las entrañas en suicidios masivos, sólo para intercambiar fragmentos y reunirse segundos más tarde. Esa parte de mi viaje dura años, de tan fuerte como es la fascinación del destello malsano, que adopta sutilmente matices diferentes bajo cada pliegue. Me dejo abrazar por los billones de criaturas que pululan en mi interior, apiñándose en el espeso jugo en el que yo nado silenciosamente. Elegí una al azar, tal vez la más atractiva, tal vez la más horrenda, y dejo que me sumerja y me trague como un corpúsculo devorado por una célula blanca. Qué quietud infinita, qué paz ahora... ¿Cómo es posible que nunca hubiese pensado en esto? ¡Esto sí que es felicidad! No hay otra palabra. En la profundidad del pliegue más recóndito la he encontrado. Esto cancela y borra años de búsqueda inútil. Soy feliz. ¡Al fin!

Ni un sonido, ni una simple regurgitación se escapa del lugar remoto adonde he llegado. Es el silencio de los abismos oceánicos, siempre conjeturados, siempre inescrutables. Únicamente aquí puedo ser yo mismo. Apacible e interminablemente, giro entre los silenciosos tropeles que entran y salen por cada orificio de mi cuerpo. Millones de muertes y nacimientos se suceden sin un lamento, sin un estertor, sin nada.

En un cruce, después de resbalar a lo largo de meses en una agonía mortal por el casi impracticable sigmoide, el paisaje cambia abruptamente. Qué quietud de la Umbría entre estos árboles del tamaño de un mamut, repentinamente desproporcionados respecto a cualquier especie imaginable de cualquier reino. El interminable proceso de tragar y devolver se detiene y otro, mil veces más mortífero y más majestuoso, comienza. Me siento perdido en este bosque de gigantes que avanzan lentamente abrazando a traición, ignorándome completamente en su grandeza. Camino pegado a lo que tomo por un muro del bosque hundido, hasta que descubro que he despertado a otro gigante y tengo que salir disparado para salvar la piel. (Ahora podría tomarme un respiro antes de que fuese demasiado tarde, y hacer el largo viaje de descenso a la punta de tu polla con una breve escala dentro de los testículos, que podría llegar a convertirse en una prolongada estancia, primero en el derecho, después en el izquierdo, ya que siempre es grato un cambio de altitud. ¿Quién podría detenerme, excepto la muerte, y sería, en ese caso, nuestra muerte? Y si decidiera hibernar en el glande, dormir para siempre dentro del prepucio, reservar un espacio debajo de la túnica, podría hacerlo, pero tomo otra decisión). La muerte está aquí mismo, al igual que la vida, y es aquí donde me siento más próximo a ti. Podrían poner en pie de guerra ejércitos enteros, legiones de carros blindados, aviones muy bien abastecidos y muy modernizados vomitando fuego para desalojarme de aquí. De nada serviría. Esto es el Paraíso. Lo he hallado. Al contrario que a Colón, no se me reexpedirá atado de pies en una sentina. Tampoco habrá un Canossa para mí. He entrado en el Reino de los Cielos y he tomado posesión de él con todo orgullo. Ésta es mi concesión privada, mi heredad, mi feudo. No me marcharé.

Traducción de Vicente Molina Foix


Calvert Casey (Baltimore, EE.UU., 1924 – Roma, 1969).

De padre norteamericano y madre cubana, nació en Baltimore, EE.UU., pero pasó gran parte de su infancia y adolescencia en La Habana. Aún residiendo en Nueva York ya enviaba colaboraciones a la revista Ciclón, de Rodríguez Feo. Tras el derrocamiento de Fulgencio Batista, desarrolló en La Habana una intensa labor periodística, especialmente en el sumplemento cultural Lunes de Revolución, y escribiendo crítica teatral, reseñas de libros y traducciones para revistas como La calle, La Gaceta de Cuba y Casa de las Américas.

En 1962 se publicó en la isla el volumen de cuentos El regreso, que se reeditaría en Barcelona en 1967 bajo el título El regreso y otros relatos. En Memorias de una isla (1964), recoge sus colaboraciones periodísticas, a través de las cuales es posible descubrir sus gustos literarios (Franz Kafka, Henry Miller, D. H. Lawrence, José Martí y otros escritores cubanos), además de descripciones sobre la Isla de la Juventud (Isla de Pinos) donde se mezcla la realidad con la ficción.

En 1965 publica su poema “A un viandante de 2778“. Luego de salir de la Isla se instala en Roma, donde conoce a Giovanni Losito, por quien siente un gran amor y a quien dedica su libro Notas de un simulador, publicado en Barcelona (1969). Sólo se conservan fragmentos, en particular el capítulo titulado “Piazza Morgana”, de su novela Gianni, Gianni, escrita en inglés y que él mismo decidiera destruir. El 16 de mayo de 1969 Calvert Casey se suicida con una sobredosis de somníferos en su apartamento romano.

14 de junio de 2009

Wislawa Szymborska: dos poemas





Miedo escénico


Poetas y escritores.
Porque así es como se dice.
Los poetas entonces no son escritores, sino qué.

Al poeta la poesía, al escritor la prosa.

En la prosa puede haber de todo, hasta poesía,
en la poesía tiene que haber sólo poesía.

Según el cartel que la anuncia
con una enorme P de trazos modernistas,
inscrita en las cuerdas de una lira alada,
tendría yo que volar y no entrar caminando.

¿Y no sería mejor descalza
que con estos zapatos de oferta,
sustituyendo torpemente a un ángel
entre taconeo y rechinado?

Si al menos fuera más larga mi falda, con más vuelo,
y si no sacara yo los poemas del bolso sino de la manga,
fiesta, desfile, gran ocasión,
pim pam pum,
ab ab ba.

Allá en el escenario acecha una mesita
un tanto espiritista y de patas doradas,
y sobre la mesita humea un candelabro.

De eso se desprende
que tendré que leer a la luz de las velas
lo que escribí a la luz de una simple bombilla
tac tac tac a máquina.

Sin preocuparme de antemano
si esto es poesía
y qué poesía,

si de esa en la que la prosa está mal vista,
si de esa que es bien vista en prosa.

Pero cuál es la diferencia,
si sólo se aprecia en la penumbra
sobre un fondo de cortinas rojas
con flecos morados.

Gente en el puente, 1988. Traducción de Gerardo Beltrán.



A algunos les gusta la poesía


A algunos,
es decir, no a todos.
Ni siquiera a los más, sino a los menos.
Sin contar las escuelas, donde es obligatoria,
y a los mismos poetas,
serán dos de cada mil personas.

Les gusta,
como también les gusta la sopa de fideos,
como les gustan los cumplidos y el color azul,
como les gusta la vieja bufanda,
como les gusta salirse con la suya,
como les gusta acariciar al perro.

La poesía,
pero qué es la poesía.
Más de una insegura respuesta
se ha dado a esta pregunta.
Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro
como a un oportuno pasamanos.


Fin y principio, 1993. Traducción de Gerardo Beltrán, David A. Carrión y Abel A. Murcia.

Gombrowicz por Juan José Saer


Ser polaco. Ser francés. Ser argentino. Aparte de la elección del idioma, ¿en qué otro sentido se le puede pedir semejante autodefinición a un escritor? Ser comunista. Ser liberal. Ser individualista. Para el que escribe, asumir esas etiquetas, no es más esencial, en lo referente a lo específico de su trabajo, que hacerse socio de un club de fútbol o miembro de una asociación gastronómica. La posibilidad de ser perceptible como tal o cual cosa bien definida en el reparto de roles de la imaginación social es un privilegio del hombre, no del escritor. Del hombre –es decir de la primera ficción que debe abolir, como si fuera una estética ya perimida, el escritor de ficciones. La certeza de esa desnudez no sólo orienta o preside, sino que incluso es la justificación última de su trabajo.
A priori, el escritor no es nada, nadie, situación que, a decir verdad, metafísicamente hablando, comparte con los demás hombres, de los que lo diferencia, en tanto que escritor, un simple detalle, pero tan decisivo que es suficiente para cambiar su vida entera: si para los demás hombres la construcción de la existencia reside en rellenar esa ausencia de contenido con diversas imágenes sociales, para el escritor todo el asunto consiste en preservarla. La tensión, de su trabajo se resume en lo siguiente: no se es nadie ni nada, se aborda el mundo a partir de cero, y la estrategia de que se dispone prescribe, justamente, que el artista debe replantear día tras día su estrategia. Esta, y no el individualismo recalentado que se le atribuye, es la verdadera lección de Gombrowicz. "Su pensamiento", dice en una página del Diario, refriéndose a Camus, "es demasiado individualista, demasiado abstracto". Y unas líneas más abajo: "¿Conciencia? Aunque tenga conciencia, como todo en mí, es más bien una semiconciencia y una cuasi conciencia. Soy semiciego. Soy casquivano. Soy de cualquier manera".
El sentido de la famosa inmadurez witoldiana es el rechazo de toda esencia anticipada. Las marionetas de Ferdydurke y de Trasatlántico se desviven por coincidir todo el tiempo con una imagen abstracta de sí mismas (el Genio Local, la Moderna, los Patriotas Polacos) y los adultos ya un poco decrépitos de La Pornografía se estremecen ansiosamente ante esa fuerza suprema de la adolescencia que es la indeterminación. Cuando se cree ser alguien, algo, se corre el riesgo, luchando por acomodar lo indistinto del propio ser a una abstracción, de transformarse en arquetipo, en caricatura. El homosexual de Trasatlántico se llama lisa y llanamente "Puto", lo que en polaco o en francés no significa nada, pero que en español quiere decir justamente eso, homosexual–y lo ridículo del personaje, y lo patético también, provienen de la constante adecuación de su comportamiento a la definición que engloba su nombre: "Puto". En Ferdydurke la Moderna se viste, habla y actúa todo el tiempo como una persona moderna, de modo que acaba llamándosela así, como ella cree ser, "la Moderna". Si denominamos a alguien irónicamente por medio de un estereotipo –el Escritor, el Editor, la Belleza Local–, ya estamos dando a entender que su titular, a causa de un comportamiento demasiado definido, es víctima de cierta ilusión sobre sí mismo. De tanto ser esencias –Don Giovanni. Fausto, Tristán e Isolda– los personajes de ópera terminan por naufragar en la opereta.
Esa incertidumbre programática propia del artista explica muchas de las contradicciones de Gombrowicz, no pocas de sus rarezas e incluso de sus caprichos, como el de hacerse pasar por conde, superchería cuyo origen ficcional se vuelve evidente, cuando nos damos cuenta de que lo pretendía de un modo intermitente, sobre todo ante los que lo conocían de Polonia y sabían que no lo era. En cierto sentido, toda veleidad de identidad personal es una tentativa de hacerse pasar por conde. Si el artista debe asumir una actitud exterior cualquiera, como de todos modos será falsa, que por lo menos sea exageradamente falsa evidentemente ilusoria. Es un homenaje al escepticismo del interlocutor, y tiene algo de lo que Joachim Unseld llama la "argumentación pesimista" en el trato de Kafka con sus editores: estoy muy contento de que haya decidido publicar mi libro, pero yo en su lugar hubiese rechazado el manuscrito. Me hago pasar por conde polaco, pero yo sé que usted sabe que no soy más que un pobre diablo que el viento de la contingencia depositó en este país.
Ése viento nos lo trajo a la Argentina –el increíble azar que de ahora en adelante lo mezcla para siempre al folklore literario de Buenos Aires; En cierto sentido, cayó en un medio preparado para recibirlo, no únicamente porque la realidad histórica de la Argentina está hecha de multitudes sin patria, de inmigrantes, de prófugos; de abandonados, sino porque incluso en la literatura del Río de la Plata –la "culta" y la "popular"– desde antes de su llegada, pululaban los personajes de su estirpe, cuya vida es un interminable paréntesis entre un barco que los trajo de un lugar ya improbable y otro, fantasmal, que debería llevarlos de vuelta. Es sabido que Gombrowicz estuvo a punto de volverse a Europa en el mismo barco que lo trajo, pocos días después de su llegada, y que subió a bordo con sus valijas pero que cuando sonó la sirena anunciando la partida se volvió a bajar: el próximo zarparía casi veinticuatro años más tarde. Ricardo Piglia dice de él –hace poco se lo reprocharon en un diario–: el mejor escritor argentino del sigloXX es Witold Gombrowicz. Esa afirmación es sin duda una exageración irónica destinada a poner a prueba el nacionalismo argentino, pero no es totalmente inexacta; el tema witoldiano por excelencia. La inmadurez, lo inacabado –que él atribuía a la cultura polaca– venía siendo de un modo inequívoco, desde los años veinte, la preocupación esencial de los intelectuales argentinos. Y Gombrowicz observaba en esa realidad social –con mucha penetración en ciertos casos– el despliegue multiforme de su tema predilecto.
Pero éste es únicamente un aspecto de sus relaciones con la Argentina. Otro que merece ser señalado es el siguiente: buena parte de nuestra literatura –desde sus orígenes, pero sobre todo en el siglo XIX y a principios del actual– ha sido escrita por extranjeros en idiomas extranjeros: alemán, inglés, francés, italiano. Cuando todavía no teníamos literatura, ya viajeros europeos marineros, científicos, comerciantes, aventureros, incluso espías repertoriaban en informes, cartas, relatos, memorias, las características de nuestro suelo, de nuestro paisaje, de nuestra sociedad, de nuestras primeras diferencias con el resto del mundo. Si es cierto, como se supone, que fue en las Galápagos –las terribles Encantadas de Melville– donde Darwin formuló por primera vez su teoría de la evolución, es lícito calcular que la fue madurando en la Argentina, ya que en su delicioso viaje, la etapa que precede a las islas Galápagos es justamente la de la pampa y los Andes Argentinos. Esa literatura de viajeros es contemporánea a la aparición misma del país: así, la primera fundación de Buenos Aires que, como muchas otras empresas argentinas, acabó con una masacre, está contada por un marino alemán, que dejó el testimonio en su propio idioma. Félix de Azara, Millau, Mac Cann, Woodbine Hinchliff, Alfred Ebelot, un ingeniero de Toulouse contratado por el gobierno en 1875 para cavar –tentativa vagamente kafkiana– una fosa de quinientos quilómetros destinada a frenar las invasiones indias, Albert Londres, el incomparable W .H. Hudson, que idolatraba hasta nuestros peores defectos, los mismos que también a Borges le parecen virtudes, han sembrado de imágenes y experiencias argentinas varios idiomas del mundo. Gombrowicz se inscribe en un lugar destacado de esa tradición. Sus bronquios delicados, que felizmente lo obligaban a alejarse de tanto en tanto del clima húmedo de Buenos Aires, nos han deparado testimonios valiosísimos de Córdoba, de Tandil, de Mar del Plata, de Santiago del Estero. Su mirada no es solamente la de un psicólogo, la de un sociólogo y la de un esteta, sino incluso la de un observador político y, a pesar de ciertas afirmaciones caprichosas y de su obsesión confesa de originalidad –o tal vez a causa de ella– uno de los más certeros. El hecho de sentirse. como lo dice tantas veces en el Diario, el más pobre, el más desesperado de los hombres, explica quizás su preferencia por lo que él llama "lo bajo" –ya volveremos a hablar de esto un poco más adelante– por los seres oscuros, de los que ni el atractivo erótico, ni la manifestación viviente de su famosa inmadurez, bastan para explicar su interés. Aunque pueda parecer absurdo tratándose de Gombrowicz, hay un elemento militante en esa afinidad. una oposición deliberada a los círculos intelectuales y poéticos de Buenos Aires. Aquí, dice, únicamente el vulgo es distinguido. A él, que no se cansaba de denostar la democracia y que a veces delataba cierto masoquismo (tema por otra parte íntimamente witoldiano) en hacerse tratar de fascista, no se le escapaba sin embargo que por mucho que exaltara la aristocracia del espíritu, esa carne caliente y anónima era la única dignidad irrefutable de la vida. Aun cuando se trató solamente de un puro deseo erótico, la dependencia de los dueños de la sociedad respecto de ella, la necesidad vampírica de juventud, produce de por sí una inversión de valores, y aniquila las jerarquías sociales. Más de una vez Gombrowicz sugiere que toda la organización social está pensada como un sistema de explotación de los jóvenes por parte de los adultos. Las páginas sobre Santiago del Estero recuerdan, por su exaltación de esa belleza espontánea e inconsciente de sí misma, algunas emociones de Gauguin en el Pacífico. Y está también su percepción clara de la luz de Santiago, del aire transparente y feliz de Tandil, de la peculiaridad del espacio americano en Necochea, una impresión planetaria, cósmica, la sensación de un presente sin memoria prolongándose a su alrededor hacia el infinito: "Vacío y arena, oleaje... estruendo que se ahoga y adormece. Espacios, distancias sin fin. Frente a mí y hasta Australia sólo esta agua surcada de melenas brillantes, al sur las islas Falkland y las Orcadas y el Polo. Tras de mí, el interior Río Negro, la pampa. . . El mar y el espacio resuenan en los oídos y ante los ojos, producen confusión. Camino y sin cesar me alejo de Necochea... hasta que finalmente su recuerdo llega a desaparecer, y no queda sino el mero hecho de alejarse, incesante, eterno, como un secreto que llevara conmigo". (Diario argentino, Vl). Como las de todo viajero, muchas de las observaciones de Gombrowicz son comparativas, pero más de una vez la evidencia de lo absoluto, algo inédito, un elemento todavía no pensado del mundo , lo desvía de su trayectoria y lo hace modificarse y crecer.
No es sorprendente: si Gombrowicz fue joven en Polonia, no cabe duda de que maduró en Argentina. Según nos lo cuenta él mismo, en los primeros años de Buenos Aires su orgullo principal era su aspecto adolescente que confundía a sus interlocutores; podemos pues, a pesar de la ruptura brutal del exilio, atribuirle cierta continuidad a la imagen de sí mismo que tenia antes y después de su viaje. Hasta que –el diario lo consigna– sobrevino la catástrofe: las primeras arrugas. En la visión witoldiana del mundo, la madurez es un trauma tan terrible como podría serlo en la de Sófocles el parricidio. En Ferdydurke, escrita antes del viaje, el punto de vista es el de la juventud, en La Pornografía, el de los adultos. En Trasatlántico –una de sus obras maestras– el narrador es, según los medios sociales que frecuente, alternativamente objeto o sujeto de seducción. Esa madurez perfecciona su método narrativo multiplicando la variedad de puntos de vista, hasta darle a sus primeras intuiciones, como sucede en la evolución de toda gran literatura, la complejidad de un sistema. La evolución de su literatura es inseparable de su experiencia argentina, y esa experiencia penetra y modela la mayor parte de su obra, que sin ella se volvería incomprensible. A diferencia de otros escritores polacos, como Milosz, por ejemplo, Gombrowicz hizo de su exilio un medio de ensanchar y cultivar sus diferencias con Occidente, privilegiando la particularidad de su propia perspectiva. Cuando Milosz le reprocha en l959 no ocuparse lo suficiente de la actualidad polaca, Gombrowicz le responde que Milosz juzga todavía las cosas desde una perspectiva polaca interior. Podemos considerar lo que Gombrowicz llama su "propia perspectiva", como una perspectiva exterior, no solamente respecto de la sociedad polaca de esos años, sino también de Occidente y, sobre todo, en la más metafísica intimidad de la problemática witoldiana, respecto de la madurez apócrifa y decadente de la esfera superior, como él la llama, los "Churchill, los Picasso, los Rockefeller, los Stalin, los Einstein", esa perspectiva exterior que "proporciona una igualdad más verdadera que la otra, la hecha de consignas y de teorías". La perspectiva exterior que podríamos llamar generalizada, ya que Gombrowicz la aplica de un modo sistemático a todo lo que examina, si bien puede ser una consecuencia de su "obligación de originalidad", es también el resultado de su exilio argentino. Esa perspectiva exterior es el modo que tiene la cultura argentina de relacionarse con Occidente –la exterioridad de la inmadurez polaca llevada a su máxima potencia. Traspapelándose en la banalidad argentina, Gombrowicz aterrizó más cerca de su propio ser que si hubiese integrado, como otros emigrados del este, la "madurez" de Occidente. Para su gusto, los polacos exilados asumen una perspectiva demasiado occidental –error que no pocos disidentes del este han seguido cometiendo más tarde–, cuando hubieran podido aprender de él, de Gombrowicz, en apariencia el más irresponsable, que en vez de frotarse las manos ante la bella, desnuda en la cama y dispuesta a dejarse poseer, es más estimulante, conservando la sangre fría, repertoriar sus imperfecciones, aplicándole la perspectiva exterior como a cualquier otro objeto del mundo. No podemos no admirarlo cuando, en plena guerra fría, y después de haberlo perdido todo, en vez de modelar su pensamiento según las consignas de Occidente, se detiene examinar con sus propios criterios la cuestión del comunismo: no se es, cuando se es escritor, como decíamos al principio, ni comunista, ni liberal, ni individualista, ni nada, y consignas y teorías sólo reproducen la cristalización infecunda de abstracciones vacías, aquello que, justamente, perturba la disponibilidad del artista. La radicalización de esta perspectiva se produjo en Argentina, primero porque su exilio obligatorio lo mandó, más lejos todavía de lo que estaba en Polonia del centro de Europa, hacia el arrabal de Occidente, pero también porque el lugar en que cayó se debatía desde hacía años en la misma problemática. Fue, como se dice, una desgracia con suerte, porque. de hoja seca y anónima llevada por el viento de la contingencia, gracias al carácter atípico de su destino de exilado, excesivo en relación con el de otros emigrados que se integraron plenamente en la cultura occidental, pasó a ser, de toda intemperie, signo, paradigma y emblema. De todas las posibilidades de ser que se le ofrecían en los tiempos de su inmadurez, escritor europeo postnietzcheano, precursor, como lo pretendió tantas veces, del existencialismo, sacerdote en el destierro de la tradición polaca amenazada por la ola colectivista, o cualquier otra mueca rígida de la esfera superior, le tocó, gracias a un crucero de propaganda –opereta witoldiana avant la lettre–, un destino más fecundo, más inclasificable, el de ser Gombrowicz. Esta singularidad –ser Gombrowicz– si ha sido una suerte para Gombrowicz, lo ha sido también para la Argentina. Al cabo de unos años, su patria perdida y la Argentina ejemplificaban para él, como modelos intercambiables, el mismo aspecto de las cosas. Los detalles por los que difieren tienen menos peso que la acumulación de analogías. Para un argentino, hay algo inmediatamente perceptible en los juicios de Gombrowicz sobre la literatura polaca: aparte de algunas cuestiones de detalle, esos juicios pueden aplicarse en bloque a la literatura argentina, y sobre todo a uno de sus aspectos centrales, que Gombrowicz señala a menudo en el Diario y en sus entrevistas: el conflicto entre un nacionalismo excesivo, de tipo reactivo, y el deslumbramiento, secreto o confesado, por la literatura europea "En lugar de la palabra Polonia, ponga la palabra Argentina", le aconseja con determinación a Dominique de Roux en sus Entretien (pág. 68). Ese conflicto, en el que Gombrowicz identifica sin dificultades el síntoma de la inmadurez, y que en ambos países tiene orígenes históricos muy diferentes, representa probablemente la tensión principal de la literatura argentina, y recorre toda su historia desde la aparición de los grandes textos fundadores en la primera mitad del siglo XIX. El lector argentino puede aprender cosas más esenciales sobre su propia literatura leyendo en el Diario de Gombrowicz los juicios que se refieren a la literatura polaca, que en las páginas vehementes –y a veces convencidas de antemano de aquello que supuestamente deberían examinar– de algunos de nuestros propios historiadores de la literatura. Esta ambivalencia respecto de la literatura europea, mezcla de distancia geográfica y de proximidad intelectual, de rechazo y de fascinación, si bien no contribuye a facilitar la tarea del escritor argentino, presenta algunas ventajas indiscutidas, si se asume la actitud witoldiana por excelencia, la perspectiva exterior: "J'avais quasiment la certitude que la révision de la forme européenne ne pouvait etre entreprise qu' a partir d'une position extra-européenne, de la ou elle est plus lache et moins parfaite". (Entretiens, pág. 82).
En una charla de 1967, Jorge Luis Borges comenzó desarrollando, a propósito de Joyce, una idea que ya había aplicado al conjunto de la literatura argentina veinticinco años antes, en una conferencia célebre, "El escritor argentino y la tradición". Según Thorstein Veblen, en su "Teoría de la clase ociosa", si los judíos han sido capaces de innovar en tantos aspectos de la cultura occidental, el hecho no se debe a presuntas diferencias raciales, sino a que, estando al mismo tiempo dentro y fuera de esa cultura, a un judío siempre le será más fácil que a un no judío innovar en ella. Borges descubre la misma situación para los irlandeses respecto de Inglaterra y para el conjunto de la cultura argentina respecto de Occidente: "... les bastó el hecho de sentirse irlandeses, distintos, para innovar en la cultura inglesa. Creo que los argentinos, los sudamericanos en general, estamos en una situación análoga; podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas". En los mismos años, a pocas cuadras uno del otro, ignorándose y probablemente detestándose mutuamente, el papa de la inteligentzia europeizante y el emigrado polaco, los duelistas irreconciliables de Trasatlántico definían, para darle un sentido a su propio trabajo, la misma estrategia respecto de la tradición de Occidente.
Esto nos lleva a otro aspecto de las relaciones de Gombrowicz con la Argentina, las que mantuvo con Borges, aunque tal vez sería más correcto decir las que no mantuvo. Es sabido que hubo entre ellos una cena catastrófica y algunos encuentros casuales, fugaces y desdeñosos. La cena catastrófica recuerda un poco el encuentro de Joyce y Proust, en mayo de 1922, en casa de un tal Sidney Schiff, encuentro en el que, según Joyce, a Proust parecían interesarle exclusivamente las duquesas en tanto que él, a Joyce, le interesaban exclusivamente las mucamas. La afirmación de Gombrowicz de que Borges y él no se podían entender porque a Borges le interesaba la vida literaria y a él la vida tout court –existe una leyenda persistente sobre el vitalismo de Gombrowicz, semejante a la de su individualismo– es desmentida por la curiosa manía witoldiana de llegar a las ciudades del interior argentino y convocar inmediatamente a los intelectuales de la región para someterlos a una especie de examen literario y filosófico antes de permitirles sentarse con él a una mesa de café y escucharlo pontificar durante horas. La acusación de europeizante que Gombrowicz blande a menudo contra Borges es infundada ya que el término supone una adhesión acrítica a todo lo que proviene de Europa; y el único sentido en el que Borges es europeizante –sintiéndose, según la descripción de Veblen, dentro y fuera a la vez– es exactamente el mismo en el que lo es el propio Gombrowicz. En cuanto al pretendido snobismo aristocratizante de Borges , que no pierde la ocasión de evocar sus antepasados militares y sus orígenes ingleses, si algo nos lo recuerda son justamente las pretensiones nobiliarias de Gombrowicz y su costumbre de recitar con lujo de detalles su árbol genealógico para desesperación de sus interlocutores. Esta última semejanza, puramente anecdótica, no debe hacernos olvidar otras coincidencias más singulares: aparte de la perspectiva exterior, no es difícil descubrir en ambos, tal vez como consecuencia de esa perspectiva, el mismo gusto por la provocación, la misma desconfianza teórica ante la vanguardia y, sobre todo, el mismo intento de demolición de la forma; uno, Gombrowicz, exaltando la inmadurez y el otro, Borges, desmantelando con insistencia la ilusión de la identidad– probablemente a partir del mismo maestro, Schopenhauer. Hay otro punto inesperado en el que coinciden: la atracción por "lo bajo". El culto del coraje, la predisposición a entrevistar proxenetas diestros en el uso del cuchillo y a ver en los diferendos entre matones de comité un renacimiento de la canción de gesta, equivalen en Borges a la inclinación de Gombrowicz por la adolescencia oscura y anónima de los barrios pobres de Buenos Aires, en la que le parecía encontrar la expresión viviente de uno de sus temas fundamentales. Es cierto que difieren en muchos puntos –por ejemplo, uno pretendía ser infinitamente modesto y el Otro infinitamente arrogante– pero todas esas coincidencias profundas merecen ser tomadas en consideración, porque son las que otorgan la pertinencia, la actualidad de sus obras respectivas, las que hacen que esas obras, estrictamente contemporáneas una de la otra, a pesar de la envoltura distinta con que han llegado hasta nosotros, nos apasionen con idéntica intensidad –y a veces también, y por qué no decirlo, cuando en ciertos momentos nos impacientan o nos decepcionan, lo hagan por razones muy parecidas: paradojas forzadas, juicios lapidarios y gratuitos, autoimitación, "ressassement eternel".
Después de todo, fueron vecinos durante veintitrés años, respirando al mismo tiempo el aire delgado y venenoso de Buenos Aires y dialogando, cada uno a su modo, desde esas orillas remotas, con la cultura occidental. De ese diálogo, el Diario de Gombrowicz es la manifestación más evidente. Algunos de sus lectores se han quejado, sin duda con razón, de no encontrar en sus páginas la trascripción fiel de muchas circunstancias de las que fueron testigos o protagonistas. Pero hay un error de óptica en ese reproche: a diferencia del de Gide, del de Thomas Mann o del de Pavese, el diario de Gombrowicz se ocupa muy poco de la vida íntima de su autor –y de ciertos aspectos de esa vida íntima tenemos la impresión de que hay un ocultamiento deliberado, un silencio voluntario, y hasta cierta mistificación –pero el interés de sus paginas estriba justamente en que tratan menos de acontecimientos que de problemas. Es cierto que, a diferencia de la ficción, el diario no puede esquivar la cuestión de la sinceridad y que, en tanto que a una ficción se le exige únicamente verosimilitud, de un diario íntimo se espera veracidad. Pero la sinceridad de Gombrowicz, su auténtica originalidad, estriba en el modo de encarar los problemas de que trata. Y sus alusiones personales, cuando no son meras descripciones de hechos cotidianos sin importancia, aparecen ya transformadas en problemas, en ejemplos de un debate intelectual. Los cuatro Yo sucesivos del principio fueron agregados deliberadamente para su edición en forma de libro. Y en cierto momento, después de consignar con minucia una serie de banalidades, termina diciendo, como si se tratara de una excepción: esto para aquellos a quienes pueda interesarles mi vida. El diario de Gombrowicz no es un pretexto para la introspección, sino para el análisis, la reflexión y la polémica.
Como es sabido, la mayor parte del Diario fue escrita en Argentina. Por razones inexplicables, existe una selección llamada Diario Argentino y editada hace unos años en Buenos Aires. Ese desmembramiento es absurdo por la sencilla razón de que todo el diario es argentino, porque si bien una parte fue escrita después de su regreso a Europa y decenas y decenas de páginas no hacen la menor referencia a la Argentina, la razón de ser del Diario es la experiencia argentina, la situación singular del aislamiento de su autor ya que, en lugar de ser una manera de encerrarse en sí mismo, el Diario de Gombrowicz es el campo de batalla contra ese aislamiento. Quienes menos deberían desear el desgajamiento absurdo del pretendido Diario Argentino, son en primer lugar los argentinos, porque pueden ser los más capaces de percibir la resonancia especial que adquieren los juicios de Gombrowicz sobre la cultura de Occidente cuando son proferidos en el contexto argentino. El entrelazamiento único de la aventura witoldiana, su lección principal, consiste en la hipérbole de su destino que lo llevó, de una marginalidad teórica y relativa, a una real y absoluta. De esa marginalidad hizo su vida, su material y su fortaleza. Sean argentinos o no, quienes lean el Diario o Trasatlántico, no leerán solamente a un autor llamado Gombrowicz, sino que leerán también, y no únicamente entre líneas, a la Argentina.

13 de junio de 2009

Gombrowicz en Argentina



Por Witold Gombrowicz

Partí hacia la Argentina un mes antes de que estallara la guerra y allí permanecí los siguientes veintitrés años. Todo sucedió por casualidad. ¿Casualidad?. Un día en el café Zodiac, en Varsovia, conocí a un escritor de mi edad, Czeslaw Straszewicz. Me dijo: 'Viajo a Sudamérica.' '¿Cómo?' 'En un mes el nuevo vapor trans-atlántico polaco Chorbry sale para Buenos Aires. Su viaje inaugural. Fui invitado como escritor, para escribir algunas columnas para los diarios.' '¿Te parece que me invitarían también a mí?' 'Puedes probar. Voy a mencionar tu nombre. Quién sabe, quizás funcione. La travesía sería más divertida si somos dos.'
Funcionó. A veces leo en los diarios que fui a la Argentina para escapar de la guerra. ¡Para nada!. Me preparé para el viaje sin pensar demasíado, y fue sólo por casualidad (¿casualidad?) que no permanecí en Polonia.
El día antes de partir tenía todo preparado, mis papeles en orden, y pasé por el café. 'Tienes el permiso de las autoridades militares, ¿no?' dijo uno. 'Tengo mi pasaporte. Presenté todos los certificados militares que tenía, de otro modo no lo hubiese obtenido.' '¡Con eso no alcanza!' Necesitas un permiso especial de las autoridades militares. Es sólo un formalismo, pero no te dejarán subir al barco sin él.'
Miré mi reloj. Las siete menos veinte. Las oficinas del ejército cierran a las siete. Me metí en un taxi y corrí al cuarto piso. Demasíado tarde. Las puertas estaban cerradas. Habían pasado tres minutos después de las siete. Golpeé de todos modos. Apareció el portero. 'La oficina está cerrada. Por favor acabe con ese ruido'.
La puerta se cerró una vez más. ¡Adiós, América!. Comencé a bajar las escaleras apesadumbrado: de repente, abajo, un barullo terrible. Era el equipo de fútbol que partía a jugar un match internacional en Dinamarca. También habían llegado tarde. Golpeamos la puerta de nuevo. Esta vez el portero nos dejó entrar, y como favor especial nos sellaron los permisos. Ya lo ven, mis veintitrés años en Argentina dependieron de unos minutos...
Cómo habrá sido este asunto de partir... fue como si una gigantesca mano me hubiese tomado del cuello de la camisa para sacarme de Polonia y arrojarme en esta tierra perdida en el medio del océano –perdida pero europea... apenas un mes antes de la guerra. Me pregunto porqué aquella mano no me puso en Europa occidental. Porque, supongo, hubiese terminado en París. Si no hubiera dejado Europa hubiese vivido en París después de la guerra, casi con seguridad. Pero la mano no pareció quererlo así porque, a la larga, París me hubiese convertido en un parisino. Y sentía el deber de ser anti-parisino. Es que, por esos tiempos, no estaba lo suficientemente inmunizado. Mi destino era pasar muchos más, largos años en los bordes de Europa, lejos de sus capitales, y lejos de sus aparatos literarios, escribiendo, como dicen hoy en Polonia, 'para los cajones de escritorio'. Miren el mapa. Sería difícil elegir mejor lugar que Buenos Aires. La Argentina es un país europeo. Uno siente allí la presencia de Europa, aun más fuertemente que en la propia Europa, pero al mismo tiempo uno está fuera de Europa –y además, en aquel país ganadero, no se aprecia la literatura.
Magia. Una casi preconcebida forma de vida. Cuanto más nos alejamos de la Forma, más nos sometemos a su poder. Misteriosas contradicciones, contrastes...
Desembarcamos en Buenos Aires el 22 de agosto (el 2 es mi número) de 1939 (la suma de los dígitos es también 22) después de un tranquilo cruce que duró tres semanas. La situación internacional parecía mejorar. Pero el día siguiente a nuestro arribo los telegramas de Moscú y Berlín anunciando el pacto Nazi-Soviético cayeron en el mundo como un rayo. ¡Guerra! Una semana después las primeras bombas alemanas caían en Varsovia.
Todavía vivía en el barco con mi amigo Straszewicz. Cuando escuchó que se había declarado la guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (no había ya discusión alguna sobre si volver a Polonia). Straszewicz y yo tuvimos un concejo de guerra. Él optó por Inglaterra. Yo permanecí en la Argentina.
En mi novela Trans-Atlántico recapitulé estos incidentes y me pinté en el papel de desertor. Pero no hubo una cuestión de deserción, puesto que Polonia había sido separada ya del resto del mundo. Me presenté inmediatamente ante la Embajada Polaca en Buenos Aires apenas dejé el barco. Más tarde, cuando un ejército polaco se estaba formando en Inglaterra, aparecí desnudo frente a la comisión de reclutamiento en la Embajada. En pocas palabras, a nivel oficial, todo estaba en orden. Si aparezco como un desertor en Trans-Atlántico es porque, moralmente, era un desertor. Estaba angustiado, desesperado, pero al mismo tiempo complacido de encontrarme milagrosamente protegido detrás del océano.
Escribí algo sobre mis primeros años en la Argentina en mi diario (volumen 1, capítulo 7). Doscientos dólares, toda mi fortuna, me duraron casi seis meses. La Argentina era increíblemente barata. Viví en hoteles de tercera categoría. Algunos polacos me ayudaron y empecé a escribir un poco para los periódicos –más que nada series de notas bajo seudónimo. Por algún tiempo nuestra Embajada me dio un modesto subsidio. Pero eso no era suficiente; no sabía cómo sobreviviría el mes siguiente, y tuve que tomar prestados unos pesos para comer. Así siguió todo, a veces mejor, a veces peor, de acuerdo a las circunstancias, hasta 1947, para luego trabajar los siguientes siete años en el Banco Polaco. Fue muchísimo más aburrido. Pero el amargo, trágico, poético sabor de los primeros años dejó su marca en mí.
Apenas si puedo hablar de mis primeras experiencias en la Argentina, pero no puedo dejarlas afuera. Viví, como dije, en los hoteles más baratos, hasta en conventillos. ¡Yo, el Sr. Gombrowicz, me sumergí en la degradación con pasíón! Luego, repentinamente, rejuvenecí, moral y físicamente. En las calles la gente me llamaba joven, como si no tuviera treinta y cinco años. Nunca fui tan poeta como entonces, en aquellas calurosas calles abarrotadas de gente, completamente perdido (perdido en el gentío, y perdido también en cuanto a mi destino). Enjambres de gente, multitudes, luces, barullo ensordecedor, olores y mi pobreza era mi alegría; mi caída fue mi nuevo contrato de vida. Me dejé arrastrar sin hesitar, desprejuiciado, en esta Babel de lenguajes. Formé parte de ella. Y mis conocidos circunstanciales, con quienes trabé amistad con sorprendente facilidad (descubrí esta neutralidad en mí, el mí artificial, y se apareció como el más preciado tesoro, una piedad, un respiro, una liberación), me ayudaron como pudieron. Un día, caminando por la calle Corrientes, fijé mi mirada, prolongada, en una vidriera (¡Qué honor para el Sr. Gombrowicz!). Le dije al muchacho que estaba conmigo que tenía hambre. (¡Qué honor!) 'No te preocupes', dijo. 'Tengo un muerto. Habrá suficiente para los dos.' Tomamos un tranvía y fuimos a los suburbios, a una casa en un barrio proletario donde, efectivamente, un hombre muerto yacía en su ataúd. No sé de qué nacionalidad sería, pero estaba cubierto de flores. Y su familia, amigos y conocidos aceptaban su partida en un silencio macabro. Después de decir nuestras oraciones pasamos al cuarto contiguo donde había un buffet para los participantes –¡sandwiches y vino!. Mientras comíamos mi amigo me dijo que por lo general buscaba muertos en aquel barrio, y que la mejor manera de obtener las direcciones era preguntando al sacristán.
Este 'cadavérico' repaso, este joven y elegante consumo de un muerto, parece simbolizar ahora aquel periodo. Un festín cadavérico devorado con juvenil voracidad al que, a mi edad, no tenía más derecho. Después de todo, mi naturaleza no era otra que la diversión y los juegos –pero los más sublimes, gloriosos juegos que pudiera jugar conmigo mismo. Gracias a este paradójico gusto por la descomposición que descubrí en mí, sobreviví triunfalmente la guerra y la pobreza. Y hoy no siento remordimiento por haber usado mi derrota, mi desgracia o la de mi familia –o, de hecho, la de la mitad del mundo– como puente hacia un amargo, condenado regocijo. No, tenía derecho a hacerlo. Pero mantuve cierta prudencia burguesa y nunca me dejé entreverar en actividades más peligrosas. La cana me llevó en varias ocasiones, pero nunca por mucho tiempo, y casi siempre por culpa de mis amigos y no por crímenes que yo haya cometido.
Y he aquí otro recuerdo, que también resulta simbólico: en Marzo de 1942 el dueño de mi hotel comenzó a insistir demasíado enérgicamente por los seis meses atrasados que le debía, así que debí mudarme. Una noche dejé el hotel y mi vecino, Don Alfredo, generosamente me alcanzó las bolsas por la ventana. Me las llevé a un café, me senté en una mesa y no supe qué hacer. Mi crédito se había acabado. De pronto oigo: '¿Tú aquí?' Era un polaco, un periodista llamado Taworski que había vivido en la Argentina muchos años.
Le conté lo que me había pasado. 'Sabes,' replicó, 'Ahora tengo unos socios y alquilamos un chalet cerca de Buenos Aires, en Morón, para poner una pequeña fábrica textil. Puedes vivir allí.' El chalet no estaba mal –cinco habitaciones con vista al jardín, aunque casi completamente desamueblado. Taworski dormía en una cama y yo sobre una parva de diarios. Desde que llegué me avisó misteriosamente: 'Si entra alguien, ya sea por la ventana o de noche, por el amor de Dios no te muevas. No delates signo de vida alguno.'
Pasé unas cuantas noches tranquilas sobre mi parva de diarios. Después, una noche, a eso de las tres de la mañana, unos ruidos me despertaron y vi dos tipos grandotes que estaban desenroscando las bombitas de luz y removiendo los fusibles. No me moví. Desaparecieron. Resultó que eran los socios de Taworski, que no podían deshacerse de él y que trataban de hacerle todo tipo de jugarretas. Taworski, que tenía por su cuenta sentencia de prisión en suspenso por alguna pequeña travesura, no se atrevía a protestar, y los tipos lo sabían. Así que estas brutales y ebrias visitas nocturnas (por lo general estaban borrachos), junto a nuestra imposibilidad de defendernos, tomó la calidad de un símbolo, tan patético como significativo.
Pasé unos seis meses en el chalet, que era gradualmente desvalijado. Taworski era la bondad en sí misma y me cuidaba como un padre. Vivíamos casi exclusivamente a base de carne ahumada y choclo, que él cocinaba una vez a la semana. Yo era muy popular en Morón, tanto en la pizzería de la plaza como en el café donde jugaba billar y ajedrez. Tomaba mi diario vaso de leche y comía mi pan al sol, sentado en el pasto, mirando la calle. En la pizzería, un mozo que me tomó cariño me dio un un sandwiche de veinte centavos con una feta de jamón cuatro veces más gruesa que lo usual –era casi un bife.
Y luego, de repente, en el suplemento literario de La Nación, un artículo mío apareció en la primera página. Desde ese momento mi posición social en Morón se iluminó. Empezaron a tratarme con consideración.
La vida no era fácil. Me mantenía por catástrofes. Mi catástrofe, la catástrofe de Polonia, la catástrofe de Europa. Pero al mismo tiempo actuaba en otro, más elevado nivel.

[...]

Del capítulo IV de W.Gombrowicz - "A kind of testament" (1973). Calder & Boyars, London [traducción Ernesto Resnik]

11 de junio de 2009

Textos de Gombrowicz


Yo y mi doble

Por Witold Gombrowicz

Witold Gombrowicz nació en Polonia, en 1904, y murió en Vence en 1969. Entre las obras con las que renovó la literatura de este siglo se encuentran Transatlántico, Cosmos, La seducción y Ferdydurke. Durante muchos años vivió en Argentina, y al tomar el barco de regreso a Europa dio un consejo a los nuevos escritores porteños: "¡Muchachos, maten a Borges!" El desafío de la nueva literatura argentina era superar al prodigioso autor de "El aleph". En este texto, inédito en español, Gombrowicz aborda un tema borgiano y le otorga su sello indiscutible.

¡Dulcinea de mis primeros días, soy tuyo de nuevo! Sin duda, todos conocen ese estado de ánimo que se siente al despertar cuando, dormido, uno ha soñado con la juventud. Te frotas los ojos, trastornado hasta el fondo de las entrañas, revolucionado de arriba abajo, te acuerdas de tu primera dulcinea y la nostalgia --no se sabe de qué-- te hace trizas. Algo te empuja y, sin embargo, no te mueves de tu lugar, la vida derrama en ti su marea tempestuosa, golpea contra tus riberas, y tus riberas perciben con cuánta fuerza te yergues, bañado en sudor, frente a tu destino, frente a tu vida echada como comida a los perros. Precisamente bajo el signo de una constelación eroticosensual de este tipo, sombría y lúgubre, desperté el martes a las cinco de la mañana. Por uno de esos fenómenos de resurgimiento que deberían estar prohibidos a la naturaleza, acababa de ver una cosa totalmente perdida para mí, a saber, mi juventud y mi primera bienamada, allá en la roca, junto al molino, al borde del río.

Mi bienamada estaba sentada con un ramito de violetas en la mano y yo murmuraba algo. Una ola que venía de allá me golpeó y me hundió. ¿Qué hacer? Todo esto ya no volverá, mi juventud está atrás de mí, y con ella mi bienamada, la belleza está atrás de mí, también terminada, así como la inquietud viva de la juventud, sus relaciones inestables pero violentas, su marea desbordante y panteísta. Mis mejillas han perdido su frescura. Vejete, antipoético y rigidizado, ya nunca inspiraré poemas, ya nadie me admirará ni a través del canto ni en el cine.

La nostalgia de mi propia belleza desvanecida, de la poesía de mi propia persona aniquilada para siempre, me agitaba cada vez más, como una hoja. Se había terminado, pues, de una vez por todas; terminados los azules y las lontananzas y la incertidumbre, las muchachas sufrirían por otro y otro bajo las lilas en flor murmuraría las mismas palabras, eternamente repetidas. ¿Qué me quedaba? El trabajo, el trabajo: conseguir un buen puesto en mi trabajo al menos para darles miedo, dado que ya no las hacía languidecer. ¿O tal vez tener un hijo y, por medio de él, vivir una vida plena, repetir a través del hijo y, por medio de él, vivir una vida plena, repetir a través del hijo el canto eterno de la juventud, de la felicidad y de la belleza? ¿O tal vez sacrificar la vida a ideales, adquirir así una segunda belleza, aún más bella, y convertirme de nuevo en objeto de nostalgia? Porque yo estaba totalmente lúcido, percibía con gran claridad que en el estado actual de las cosas ya no tenía ningún atractivo, ya nada que pudiera hacer suspirar ni a un perro ni a una nutria, ni gato, ni árbol, ni mujer, ni hombre. Porque, ¿quién era yo? Un macaco tan seductor como una mesa de billar, un empleado de planta o por contrato, globo vacío de todo el gas de la juventud, me aburría solo y aburría a los demás, a veces frecuentaba reuniones y jugaba al bridge, pero no había la menor vida en todo eso. Además, mis diversas debilidades espirituales, hasta ahora tan vagas y difusas como la juventud, afloraban poco a poco, a medida que se instalaba la rigidez de la edad madura, y empezaba a sentirme mal con mis defectos.

Trastornado por mis debilidades y por mi bienamada, o más precisamente, por las debilidades nacidas del recuerdo de mi bienamada, lleno de repugnancia y de desprecio, ya estaba listo para echar a la hoguera esta carroña sin interés que era yo, a dar mi vida que de todas maneras se disipaba, por lo menos para suscitar después de la muerte la atracción y la nostalgia en los corazones, y vivir plenamente mi vida en tanto que estatua, ya que no podía hacerlo como hombre privado. Pensaba también en convertirme en bombero debido al uniforme tan bonito, a pesar de todo, con sus galones. Sí, estaba a un paso de tomar las decisiones más insensatas con una prisa tanto mayor porque resultaba de la repugnancia por mí mismo, cuando de pronto la forma vaga de un espectro se desprendió del calentador de carbón y me pareció que me llamaba con una voz que corría sobre mi corazón como los dedos sobre un teclado.

Desde luego, mi primera idea fue que la patria era la que me llamaba. Porque ¿qué espíritu puede llamarlo a uno al alba si no es la patria, como lo atestiguaron nuestros tres bardos-profetas,1 así como otros tres mil de menor envergadura, cantores actuales y de circunstancia que publican en una treintena de periódicos? Pero una mirada a la silueta me convenció más decididamente de que era un ser humano y no la patria. Pensé entonces que era mi primera dulcinea y ya iba a murmurar: ``Ahí voy, Zochna, ahí voy'', cuando, al mirar de nuevo, descubrí que no era Zochna sino un hombre, sin lugar a dudas. Imaginé entonces que debía ser la humanidad que me llamaba para que me sacrificara y le diera mi vida (que de todas maneras se disipaba); pero no, era un individuo, no una noción abstracta de género neutro, sino un hombre bien concreto que acababa de surgir de abajo del calentador, y que vestía un saco azul marino. Al ver que no era ni mi dulcinea ni la patria ni la humanidad, o sea, nada que evocara la melancolía, sino un tipo bastante prosaico y poco atractivo, controlé mi ardor --porque ¿qué provecho podrían haber derivado mis encantos de un hombre mediocre?--, y me aprestaba ya para voltear al otro lado y volverme a dormir cuando de pronto me di cuenta de que era yo mismo quien estaba de pie frente el calentador, esperando.

¿Yo mismo? Al principio tuve miedo de mi sosías. Me cubrí la cara y sólo después de un momento tuve el valor de espiar de reojo por entre los dedos. Pero me calmé enseguida porque, evidentemente, el aparecido no tenía la intención de atemorizarme; al contrario, tuve la impresión de que él también se sentía bastante incómodo. Estaba inmóvil, sin la menor pose, no me miraba, sus ojos estaban fijos sobre sus zapatos --los míos--, pellizcaba maquinalmente la manga del saco y parecía avergonzado. Dado que él no me miraba, yo podía mirarlo, y eso fue lo que hice, al principio con prudencia y luego cada vez con mayor insolencia. Un instante después, hasta arriesgué una mueca. Distinguí un grano en su mejilla izquierda y al ver que lo veía, el espíritu se avergonzó un poco más. Discerní entonces sus numerosos defectos y mezquindades: egoísmo y cobardía, sibaritismo, aburguesamiento y apatía, una debilidad agravada por la suficiencia, la lubricidad y el orgullo. Y su vergüenza aumentó todavía más. Me di cuenta de que una oreja era más corta que la otra, que tenía a la derecha un diente tapado, y una vez más se avergonzó; en lo que a mí se refiere, incapaz de controlarme en ese momento, ¡salté donde estaba y me lancé hacia adelante!; empecé a espulgarlo con la mirada, lo observaba, me fijaba en todo, cada detalle, y él se dejaba examinar, se conformaba con acurrucarse, sus dedos pellizcaban la manga cada vez más nerviosamente, y en su rostro apareció una mueca fácil, artificial, irónica, tras la cual intentaba escapar de mi mirada, cada vez más indiscreta. Era más triste que todas mis bienamadas juntas. El espectáculo de todos estos detalles --que me pertenecían-- acurrucados en un rincón y sonrojados, bañados en esta atmósfera de tontería lamentable, era difícil de soportar. La fría crueldad de mi mirada me provocaba una tortura física. Sin embargo, no podía dejar de mirar puesto que él me dejaba examinarlo, no quería, pero debía hacerlo, ya que se exhibía. Miraba, pues, y analizaba en detalle ese objeto siniestro, el único, entre todos los objetos de esta habitación, que estaba avergonzado y provocaba vergüenza. Los calcetines sobre la silla, las jarreteras, la silla misma, el calentador, todo me miraba tonta pero duramente, como todas las mañanas, sólo él era incapaz de hacerlo. ¿Sentía vergüenza? ¿De qué? ¿De tener una oreja más corta que la otra? De hecho, a la luz de esa vergüenza, la oreja más corta se separaba --con la mayor indecencia-- como un pedazo de algo. Y yo seguía mirándolo, examinándolo como si se tratara de una vaca de feria, un ganso, un puerco atrapado, y hacía el inventario. La locura de los inventarios me invadió. Una oreja demasíado corta, la nariz chueca, una pierna enferma, en los ojos algo desagradable, una afectación estúpida: un producto fallido, una vaca deforme, un objeto estropeado, un error, una calaverada, una rareza, una criatura extravagante, ni buena para la crianza ni para el matadero. Tosió en respuesta e, intimidado, siguió mirando fijamente el suelo. Grité con voz histérica:

--¡Ya no puedo más, ya no puedo más, ya no puedo más!

Y para ya no mirar, ya no ver, ya no registrar, caí de rodillas frente a él, oculté mi rostro y `produje tal cantidad de vergüenza que me quedé sin aliento.

Entonces alzó lentamente la cabeza y me miró, todavía sonrojado por la vergüenza. La impresión fue tal que me tocó a mí bajar la mirada, atreviéndome apenas a mirar de reojo el rostro del ídolo que me miraba. El grano, los defectos, las debilidades, las miserias y las mezquindades habían desaparecido, o más bien todo esto había empezado a vivir y brotaba en forma de mirada. El rostro me miraba. Un rostro único, temible, singular, un rostro que no se repetiría nunca más hasta el fin del mundo. Y ya no era yo quien miraba la mezquindad y la tontería, sino que la Tontería y la Mezquindad me miraban a mí. La vergüenza dejó de tener vergüenza, miraba, imperturbable como una roca, como un fenómeno orgulloso y soberano de la naturaleza. Los signos particulares, antes fuente de vergüenza y de indecencia, animados ahora por el brillo de la mirada, se convirtieron en algo indiscutible, irrefutable, tan absoluto como las barbas de Dios Padre. Y las arrugas y las taras_ y todos esos síntomas de debilidad o de muerte que, para alguien de afuera, habrían parecido dignos de compasíón, miraban con toda la fuerza y la soberanía de la vida; más aún, era la vida misma, esa vida que hasta entonces yo había buscado en todas partes, salvo dentro de mí mismo. Porque, ¿dónde no la había buscado?: en las mujeres, en las ideas, en mil combinaciones de las más raras, en las palabras más o menos ampulosas, en la belleza, la gracia y lo bonito, en el pecado, en el derroche, en la fealdad, en el deber, en el sacrificio, en el ideal, en el trabajo y en el esfuerzo; y allí, de pronto, se revelaba que yo mismo era la vida, así de simple. Extraño. ¡Ah, qué alivio! ¡Qué alegría! Por fin la calma: la felicidad, ya no era necesario sentir miedo ni vergüenza, podía existir, yo, yo. ¡Qué delicia! El amor y la nostalgia por mí mismo, mezclados con el temor, me hicieron volar como una pluma.

Presa de un caos de sentimientos violentos, extendí las manos y murmuré: ``Hermano'', y quise abrazarle la pierna. Balbuceé algo como: ``¡Oh tú, dulcinea, patria, tú que eres!'' Pero, de pronto, cambié de opinión, me levanté y metí las manos en los bolsillos. En realidad, era tonto extender las manos a un hombre, sobre todo si ese hombre era yo mismo. Caer de rodillas era igualmente tonto. Experimentar un sentimiento de fidelidad: también tonto. De manera general, me sentía tonto con mi amor inopinadamente despierto. ¿Por qué no era yo un fulano(??) a quien acababa de aparecérsele una muchacha o la patria? Desafortunadamente, me había aparecido yo a mí mismo. Ahora bien, ¿cómo, en qué categoría de lo sublime podría yo mirar con ojos amorosos no a mi bienamada sino a mí mismo? Se instaló un penoso malestar. No podía encontrar las palabras, las palabras apropiadas para este tipo de amor; tampoco había un ritual convencional, ni gestos adecuados. Al contrario, mi cabeza bullía con términos medicopsicológicos desagradables, aquellos que suelen utilizar los periodistas para aterrar a sus suscriptores en los artículos de fondo, a saber: egoísmo plano, egocentrismo podrido, egoísmo decadente y narcisismo sucio. Me estremecí ante la idea de que nuestra juventud, tan llena de espíritu de sacrificio y de ardor, estaba a punto de burlarse de mí y despreciarme como a un miserable egoísta, que ante las alumnas del liceo de gusto dudoso este Narciso perdería todo lo que le quedaba de atractivo sexual. A fin de cuentas, no sé por qué, posiblemente para comprobarle a los periodistas ausentes que yo no era del todo corrupto y para conseguir la gracia de las alumnas del liceo, escupí en el rostro del espectro. ¡Qué magnífica renuncia de mí mismo! El espectro lanzó un gemido y desapareció. Quedé solo, o más bien no solo, sino con la sensación de un vacío profundo, como si mi vida se hubiese desvanecido, ya sin otra perspectiva frente a mí que una miserable y vana existencia con la muerte inevitable al final; me quedé dormido.

¡Ay, malditos imbéciles ustedes con sus artículos de fondo! ¡Ay, tres veces malditas alumnas del liceo! Así desapareció el espíritu y quedé sin espíritu. Desperté de todo esto confuso e inseguro, en una inopia terrible en lo que al espíritu se refiere. ``¿Quién soy? --me pregunté, lleno de dudas--. ¿Soy una simple función social, soy una función proporcional a la opinión de los periodistas y de las alumnas del liceo? ¿O, tal vez, simplemente, soy, y nada más?''

Pero esa palabra, ``soy'', sin atributo, ese hecho desnudo y terrible, me llenaba de espanto. Parecía que no había nada más difícil que ser uno mismo, ni más ni menos. Esa palabra implicaba una horrorosa desnudez. Por otra parte, había escupido al espíritu y se había desvanecido. ``No, no --murmuré, encogido y trémulo--, no quiero ser yo mismo. Prefiero ser un empleado subalterno en el Ministerio de Relaciones Exteriores, prefiero servir para algo, servir para algo o a alguien, inmediatamente, sin más tardanza, hay que tratar de servir, buscar con qué cubrirse porque hace frío y es indecente. Es necesario, hay que servir.''

Traducción del polaco al francés por Chistophe Jezewski y Dominique Autrand; traducido al español por Mónica Mansour.

Fuente: www.jornada.unam.mx

Witold Gombrowicz


La lengua de los desposeídos

Por Ricardo Piglia

El 28 de agosto de 1947, Witold Gombrowicz dio una conferencia en Buenos Aires que nos puede servir de base para discutir algunas características de lo que llamamos "el espacio del lector". La conferencia es ahora un texto célebre, "Contra los poetas", y Gombrowicz la incluyó, años después, como apéndice en su Diario .

Gombrowicz era un completo desconocido en aquel entonces. Vivía, pobremente, en oscuras piezas de pensión. Había llegado a la Argentina casi por casualidad, en 1939, y lo sorprendió la guerra y ya no se fue. En verdad, los años de Gombrowicz en la Argentina son una alegoría del artista tan extraña como la alegoría de los manuscritos salvados de Kafka. Luego de unos primeros meses dificilísimos, de los que casi no se sabe nada, Gombrowicz va entrando de a poco en circulación en Buenos Aires. Su centro de operaciones es la confitería Rex, en lo alto de un cine, en la calle Corrientes, donde juega al ajedrez y va ganando un grupo de iniciados y de adeptos, entre ellos al poeta Carlos Mastronardi y al gran Virgilio Piñera. Ha empezado a anunciar a quienes puedan oírlo que es un escritor del nivel de Kafka, pero, por supuesto, todo el mundo piensa que es un farsante: nadie lo conoce, nadie lo leyó. Además sostiene que es un conde, que su familia es aristocrática, aunque vive en la indigencia. Borges, con su malicia habitual, lo cristalizará, años después, con esta imagen:

A ese hombre, Gombrowicz, lo vi una sola vez. El vivía muy modestamente y tenía que compartir la pieza, una azotea, con otras tres personas y entre ellas tenían que repartirse la limpieza del cubículo. El les hizo creer que era conde y utilizó el siguiente argumento: los condes somos muy sucios, con esa argucia consiguió que los demás limpiaran por él.

Entonces, en 1947 Gombrowicz sale a la superficie. Estaba por ahogarse, pero logra salir a flote, aunque volvió a hundirse varias veces después. Ese año aparece la traducción al castellano de Ferdydurke , y se publica, también en español, su obra de teatro El matrimonio . Pero, como sabemos, esas obras no tienen la menor repercusión. Son pequeñas ediciones que nadie lee, aunque quienes las leen nunca lo olvidan. La conferencia está ligada a la aparición de esos textos. Es un intento de hacerse ver, el inicio de una campaña de larga duración. Cualquiera que lee los testimonios o la correspondencia de esos años, lo ve a Gombrowicz intrigando y armando redes y conspiraciones microscópicas. Redes de amigos, de jóvenes, que intentan dar a conocer su obra.

Cómo llegó a dar esa conferencia, quién la organizó, cuántos asistieron, es algo que no sabemos bien. Solo sabemos que fue en la librería Fray Mocho, en la calle Sarmiento, casi Callao, en el centro de Buenos Aires. Una librería pequeña, muy buena. Se trataba de un lugar ajeno a los circuitos prestigiosos de las conferencias de aquellos años, como el Colegio Libre de Estudios Superiores, donde Borges empezó a dictar sus conferencias en 1946, o el Centro de Amigos del Arte, donde Ortega y Gasset daba sus multitudinarias conferencias en esa época.

El 28 de agosto de 1947, entonces. Las siete de la tarde, esa es la hora de las conferencias, la hora del crepúsculo. Pleno invierno en Buenos Aires. Gente con sobretodo, con abrigos, mujeres con tapados de piel quizá. Gombrowicz con su impermeable gris y su sombrero, el conde como pordiosero elegante.

Hay un primer dato que nos interesa especialmente. Gombrowicz da esa conferencia en castellano, en ese castellano áspero, de gramática incierta, que hablará siempre. No da la conferencia en francés, lengua que conocía y hablaba fluidamente, como era habitual en Buenos Aires. Victoria Ocampo daba sus conferencias en francés, y también lo hacía, con gran éxito, Roger Caillois, otro europeo en Buenos Aires. Una conferencia dicha en castellano, entonces, por un escritor polaco desconocido, en una oscura librería de Buenos Aires.

El castellano de Gombrowicz es el idioma de la desposesión. Nada que ver con el inglés de Nabokov, aprendido de chico con las institutrices inglesas. Gombrowicz aprende el castellano en Retiro, en los bares del puerto, con los muchachos, con los obreros, los marineros que frecuentaba; una lengua que está cerca de la circulación sexual y del intercambio con desconocidos. Retiro, con ese nombre tan significativo, es la zona del Bajo, del llamado Paseo de Julio, la zona por donde va a vagar Emma Zunz, la Recova, los bares de mala vida, los piringundines. El español aparece ligado a los espacios secretos y a ciertas formas bajas de la vida social.

Desde luego, Gombrowicz lo vive como una iniciación cultural, como una contraeducación. "Me bastaba con unirme espiritualmente por un momento con Retiro para que el lenguaje de la Cultura empezara a sonarme falso y vacío", escribe. Y de eso trata la conferencia: una crítica al lenguaje estereotipado, cristalizado en la poesía. Una crítica a la sociabilidad implícita en esos lenguajes falsamente cultivados.

Por su lado, Gombrowicz elige la inferioridad, la carencia, como condición de la enunciación. Y a eso se refiere de entrada en la conferencia. Cito la versión original conservada por Nicolás Espino, que no aparece luego en la edición del texto en su Diario :

Sería más razonable de mi parte no meterme en temas drásticos porque me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente desconocido, carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni distinguidas ni finas, pero ¿quién sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud? A veces me gustaría mandar a todos los escritores al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigrana verbales para comprobar qué quedará de ellos entonces.

El escritor siempre habla en una lengua extranjera, decía Proust, y sobre esa frase Deleuze ha construido su admirable teoría de la literatura menor referida al alemán de Kafka. Pero la posición Gombrowicz me parece más tajante. Lo inferior, lo inmaduro, se cristaliza en esa lengua en la que se ve obligado a hablar como un niño. Desde su primer libro, los cuentos que llamó Memoria de la inmadurez ,Gombrowicz se colocó en esa posición. Y la inmadurez será el centro de Ferdydurke : el adulto que a los treinta años debe volver a la escuela, infantilizado.

Pero ¿una lengua menor para decir qué? Quizá, como escribe Gombrowicz el 30 de octubre de 1966 en su Diario , viviendo ya en Europa como un escritor consagrado, "el escándalo es que no tenemos todavía una lengua para expresar nuestra ignorancia". En Buenos Aires ha encontrado ese lenguaje. La lengua como expresión de una forma de vida. La pobreza de la lengua duplica la falta de dinero, la precariedad en la que vive. El conde como pordiosero es simétrico del gran estilista que no sabe hablar. La desposesión como condición de la gran literatura. La opción Beckett, Céline, Néstor Sánchez; el escritor como clochard , el escritor que balbucea.

Gombrowicz está siempre cerca de la afasia. Mejor sería decir, Gombrowicz trabaja sobre la afasia como condición del estilo. El afásico es un infante crónico. Estamos otra vez en Ferdydurke .

Gombrowicz hace de la inferioridad, del anonimato, de la carencia, una ventajay una posibilidad. No sé hablar, hablo como un chico y me refiero por eso a la más alta expresión del lenguaje: la poesía. Y sé lo que digo porque soy un gran artista.

Segunda cuestión, el castellano como lengua perdida de la cultura. El castellano como una lengua menor en la circulación cultural a mediados del siglo XX (y no solo del siglo XX). Circuitos débiles de la influencia y la difusión literarias. Gombrowicz tiene muy claros los efectos retrasados, la marcha lenta. Y a la vez los desvíos. Y las sorpresas. Porque Gombrowicz tiene mucho que agradecerle al castellano.

En principio, a la lectura de Ferdydurke que hace François Bondy, el director de la revista Preuves , el primer gran difusor de Gombrowicz en Francia. "En 1952 leí Ferdydurke en español", ha contado Bondy. Fue a partir de esa lectura que se interesó por él y lo hizo traducir al francés. Una lectura que le va a cambiar la vida a Gombrowicz. Porque Bondy es quien le consigue la invitación a Berlín en 1963, que va a permitir el regreso de Gombrowicz a Europa y su triunfo final.

Cómo le llegó a Bondy ese libro en español es una intriga. Un ejemplar de Ferdydurke en castellano, editado en Buenos Aires, llega a París. Cuando Gombrowicz conoce personalmente a Bondy en 1960 en Buenos Aires, durante un congreso del PEN Club, lo primero que quiere saber es en qué circunstancias ha llegado a leer Ferdydurke en castellano.

Los libros recorren grandes distancias.Hay una cuestión geográfica en la circulación de la literatura, una cuestión de mapas y de fronteras, de ciertas rutas que lleva tiempo recorrer. Y quizá algo de la calidad de los textos tiene que ver con esa lentitud para llegar a destino. Por ejemplo, la conferencia de Gombrowicz es contemporánea del texto de Sartre ¿Qué es la literatura ? Los dos son de 1947. Los dos se plantean la misma pregunta y sus respuestas son simétricas y antagónicas. Y los dos tienen en común ser panfletos contra el arte (contra cierta noción espiritualizada del arte y contra su ilusión de autonomía). Y podemos decir que la conferencia de Gombrowicz, como síntesis de su poética, tiene hoy tanta (o mayor) influencia que la intervención de Sartre. (Y sería interesante comparar las dos concepciones de la poesía que están en juego en esos textos, porque para Sartre la poesía no se puede comprometer.)

Lenguas, tiempos, espacios. Puntos ciegos de la lógica literaria, inversiones. Del polaco al francés pasando por el español: otro circuito de difusión. Habría que hacer una historia de la lengua española y de las circulaciones culturales. El castellano no suele estar en esa red, pero Gombrowicz lo pone en una red central.

Por eso la conferencia en castellano dicha por Gombrowicz en Buenos Aires debe ser vista como un gran acontecimiento, casi invisible pero extraordinario. Uno de los grandes acontecimientos de nuestra historia cultural. Un gran paso adelante en la historia de la crítica literaria.

Y para seguir con la relación de Gombrowicz con el castellano hay otra escena que me gustaría recordar. Es otra vez una escena lateral, menor, que sin embargo condensa redes múltiples de la cultura argentina, y no solo de la cultura argentina.

En 1960, Gombrowicz tiene una entrevista con Jacobo Muchnik, uno de los grandes editores en la Argentina, el director de Fabril Editora, que publicó lo más interesante de la literatura europea y norteamericana de esos años, como El cazador oculto de Salinger o La modificación de Butor y también El astillero de Onetti. Entonces, por recomendación de Ernesto Sabato, que iba a publicar Sobre héroes y tumbas en esa editora, Muchnik recibe a Gombrowicz y le propone publicar Ferdydurke , que no se había reeditado desde 1947, en Los Libros del Mirasol, una de las primeras colecciones de libros de bolsillo en América latina, una colección popular muy buena, donde entre otras cosas habían aparecido El sonido y la furia de Faulkner y El largo de adiós de Chandler. Muchnik, que cuenta esta historia con mucha sinceridad en sus recuerdos de Gombrowicz, le propone hacer una edición de 10.000 ejemplares y le ofrece como anticipo un tercio de los derechos. "Eso es lo de menos", le contesta Gombrowicz. "Yo estoy dispuesto a autorizarle esa edición, si usted se compromete a editar otro libro muy importante que estoy escribiendo. Ustedes me hacen un contrato de edición del Diario argentino , y yo les autorizo a editar Ferdydurke ." Muchnik le responde que no puede comprometerse sin haber leído el libro. Y entonces, cuenta Muchnik, "sin quitarme los ojos de encima, Gombrowicz se llevó las manos al bolsillo del saco, extrajo un par de páginas escritas a máquina y me las alcanzó por encima de mi escritorio". Muchnik le sugiere que se las deje para leer. "No", insiste cortante Gombrowicz. "Dos páginas se leen en un momento, léalas ahora, yo espero." Entonces Muchnik se pone a leer, con Gombrowicz delante, "y ese texto", dice Muchnik, "me atrapó desde la primera frase. Pero cuando terminé de leerlo le dije, bueno, es extraordinario, pero no puedo comprometerme a publicarlo sin conocer todo el libro. Gombrowicz no me respondió, se puso de pie. Por encima del escritorio me quitó sus dos hojas, murmuró algo que no sé si fue un insulto o un saludo de despedida, y sin más giró sobre sus talones y se fue". Prefirió no reeditar Ferdydurke , no recibir el dinero del anticipo que seguro necesitaba porque quería ver publicado el Diario argentino . Y están esas dos páginas escritas en castellano. Un pequeño enigma: ¿qué páginas eran esas, quién las había traducido?, ¿Gombrowicz las escribió directamente en castellano?

Algo de la ética de nuestra literatura está en esa escena. Y algo que nos incumbe a todos nosotros y a nuestra tradición literaria está en la historia de la relación de Gombrowicz con la lengua argentina.


Fuente: La Nación, 19/04/08

4 de junio de 2009

Zbigniew Herbert


La piedra



La piedra es la criatura
perfecta

igual a sí misma
vigilante de sus fronteras

exactamente repleta
de pétreo sentido

con un aroma que a nada recuerda
a nadie espanta no despierta codicia

su ardor y frío
son justos y están llenos de dignidad

siento su duro reproche
cuando la apreso en mi mano
y su noble cuerpo
absorbe el falso calor

-Las piedras no se dejan domesticar
hasta el final nos mirarán
con su mirada tranquila clarísima


1961



Parábola de los emigrantes rusos



Sucedió en el año veinte
o quizá en el veintiuno
hasta nosotros vinieron
emigrantes rusos

muy altos rubios
de ojos soñadores
y con mujeres de ensueño

cuando cruzaban por el mercado
decíamos -aves de paso

iban a los bailes de los terratenientes
a su alrededor se susurraba -qué joyas

mas cuando las luces de la fiesta se apagaban
la gente quedaba desvalida

los grises periódicos permanecían callados
y sólo el juego del solitario se apiadaba de ellos

tras las ventanas enmudecían las guitarras
y se tornaban pálidos los ojos negros

al atardecer a sus estaciones de origen
los transportaba un samovar con silbato

un par de años más tarde se hablaba
sólo del trío

del que enloqueció
del que se colgó
y de aquella a la que acudían los hombres
los demás vivieron apartados
y poco a poco se convirtieron en ceniza

Esta parábola refiere Mikolaj
quien comprende la perentoriedad de la historia
para asustarme quiero decir para persuadirme


1957


De “Informe desde la ciudad sitiada y otros poemas” (Editorial Hiperión, 1993)
Trad. de Xaverio Ballester



Zbigniew Herbert: Poeta, ensayista y dramaturgo polaco nacido en Lwow en 1924. Fue uno de los poetas más importantes de la literatura polaca del siglo XX. Estudió Derecho, Filosofía y Economía en las Universidades de Varsovia y Cracovia y se convirtió en el líder espiritual del movimiento anticomunista en Polonia. La constante lucha por la libertad de su pueblo hizo que el régimen prohibiera en principio la publicación de sus obras, logrando que en 1956 saliera a la luz pública su primer trabajo poético "Cadena de luz", seguido entre otros por "El estudio del objeto" en 1961, "Inscripción" en 1969, "Mr. Cogito" en 1974, "Informe de una ciudad sitiada" en 1990, "89 versos" en 1997 y "Epílogo de la tempestad" en 1998.
Viajó por varios países residiendo por algún tiempo en Francia y Estados Unidos donde fue profesor de literatura en California.Recibió valiosos premios internacionales. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas. Falleció en Varsovia en julio de 1998